La noticia llega desde Corea del Sur, pero el ejercicio que propongo aquí es trasladarla a una realidad muy diferente como la latinoamericana. Y no porque la región disponga de una base industrial comparable a la coreana ni porque exista hoy una demanda masiva de redes privadas, sino precisamente por todo lo contrario. Si el mercado todavía es pequeño, quizá la pregunta no debería ser únicamente cuánto dinero puede generar hoy una red privada, sino qué otras capacidades puede financiar mientras genera ese dinero. Los proyectos que KT y SK Telecom están poniendo en marcha junto con Samsung permiten observar las redes privadas desde una perspectiva menos inmediata y posiblemente más estratégica para los operadores de la región.
Samsung anunció que participará en los proyectos AI-RAN de KT y SK Telecom dentro de la iniciativa Hyper AI Network impulsada por el Gobierno surcoreano. A partir de octubre se desplegarán redes privadas 5G Standalone (SA) en entornos industriales reales. En el astillero Yeongam de HD Hyundai Samho se utilizarán robots de soldadura y pintura, mientras que en SK Incheon Petrochem se probarán robots autónomos capaces de patrullar zonas peligrosas y transmitir vídeo para su análisis mediante inteligencia artificial (IA). Samsung aportará, entre otras tecnologías, una plataforma que integra RAN virtualizada, core 5G, aplicaciones de IA y capacidad de procesamiento local.
El atractivo de estos proyectos no está únicamente en los robots. Corea está convirtiendo instalaciones industriales reales en lugares donde pueden probarse simultáneamente nuevas arquitecturas de red, automatización, IA, procesamiento en el edge y diferentes formas de integrar conectividad y capacidad computacional. SK Telecom, de hecho, plantea su proyecto como una demostración de tecnologías AI-RAN y servicios de IA física en condiciones industriales reales. La fábrica deja así de ser solamente un cliente de telecomunicaciones y pasa a convertirse también en un entorno donde el operador aprende cómo funcionan tecnologías que después deberá comercializar y operar a mayor escala.
Trasladar literalmente ese modelo a Latinoamérica sería absurdo. Corea tiene una densidad industrial, una capacidad tecnológica y un ecosistema de fabricantes difícilmente replicables en buena parte de la región. Pero precisamente ahí aparece una pregunta interesante. En mercados latinoamericanos relativamente pequeños, un operador puede concluir que desarrollar una práctica de redes privadas no merece la pena porque el número potencial de clientes es reducido. La hoja de cálculo puede tener razón si el único ingreso que se atribuye al proyecto es el margen de vender y mantener esa red. Puede estar dejando fuera, sin embargo, parte del valor estratégico que genera entrar en una mina, un puerto, una planta industrial, una instalación energética o un centro logístico y empezar a resolver problemas operativos reales.
Una red privada puede convertirse, en ese sentido, en un pequeño laboratorio B2B financiado por un caso de negocio real. Y es que la diferencia con un laboratorio de innovación tradicional es importante. El operador no despliega tecnología esperando encontrar posteriormente quién la compre. Existe un cliente que necesita mejorar una operación y que justifica económicamente el proyecto por productividad, seguridad, automatización, continuidad operativa o lo que sea. Si el proyecto funciona, además del ingreso obtenido, la telco aprende qué aplicaciones requieren realmente baja latencia, cuándo tiene sentido procesar localmente, qué nivel de disponibilidad exige una operación industrial, cómo integrar redes con sistemas operacionales, cámaras, sensores o vehículos autónomos y qué combinación de tecnología resulta suficientemente valiosa como para que una empresa pague por ella. Es decir está metido en “la pomada” de los verticales industriales de su mercado.
Latinoamérica ya ofrece ejemplos de este proceso. Claro Perú puso este año en operación con Minera Chinalco una red privada 5G concebida para soportar sistemas autónomos y centralizar información de mina, planta, mantenimiento y logística. No se trata únicamente de proporcionar cobertura. Claro se presenta en ese proyecto como integrador tecnológico de una operación minera digital, una posición comercial bastante diferente de vender conectividad empresarial convencional. En Brasil, Claro y Embratel participaron junto con Ericsson en la red privada 5G Standalone desplegada en una fábrica de Nestlé, completamente separada de la red pública y diseñada para acompañar procesos de automatización industrial.
El valor de estas experiencias aparece cuando dejan de ser proyectos aislados. Si una solución funciona en una mina, el operador adquiere conocimiento que puede reutilizar con otras mineras o incluso en otros negocios. Si descubre qué combinación de conectividad, procesamiento y automatización resuelve un problema en un puerto, las conversaciones comerciales con otras verticales empiezan desde un punto muy diferente. Porque ya no se intenta vender 5G como tecnología, se intenta replicar una solución cuyo funcionamiento ha podido observarse en una operación real. Es ahí donde una práctica inicialmente pequeña puede empezar a generar referencias, conocimiento vertical, socios tecnológicos, procesos internos y productos B2B repetibles.
Esto resulta especialmente relevante en una región donde las decisiones de inversión de los operadores están inevitablemente condicionadas por la disponibilidad de capital y por retornos relativamente próximos. Pedir a una telco de un mercado pequeño que destine recursos significativos a experimentar con tecnologías cuya demanda futura todavía es incierta difícilmente superará muchos comités de inversión. Pero una red privada cambia parcialmente la ecuación si existe detrás un cliente dispuesto a pagar para solucionar un problema concreto. El proyecto comercial puede financiar una parte del aprendizaje tecnológico que el operador difícilmente financiaría de otra manera.
Eso no convierte automáticamente a las redes privadas en una buena estrategia. Existe el riesgo de acumular proyectos a medida, costosos de integrar y prácticamente imposibles de replicar. Tampoco todos los mercados latinoamericanos tienen los mismos verticales ni todas las tecnologías necesitan probarse mediante 5G. Un operador debería identificar aquellos sectores en los que su país tiene suficiente actividad económica y buscar problemas cuya solución tenga valor para el cliente independientemente del interés tecnológico de la telco. La red privada sólo adquiere ese segundo valor estratégico cuando el proyecto se sostiene comercialmente y, además, deja conocimiento reutilizable.
Pero precisamente por eso quizá la industria latinoamericana está haciendo demasiado pronto una pregunta aparentemente sensata. Preguntar cuál es hoy el tamaño del mercado de redes privadas puede conducir a concluir que en muchos países todavía no merece la pena entrar. Una pregunta diferente sería qué capacidades B2B puede empezar a construir un operador mediante proyectos que se pagan individualmente y que, al mismo tiempo, funcionan como pequeños laboratorios en vivo.
Corea está llevando esta lógica hasta un extremo difícilmente reproducible en Latinoamérica, utilizando astilleros y plantas petroquímicas para probar AI-RAN, IA física y arquitecturas que apuntan incluso hacia 6G. Pero la lección no necesita ser igualmente ambiciosa. Para una telco latinoamericana, unas pocas redes privadas rentables pueden servir para aprender qué necesita realmente el mercado empresarial, construir casos de éxito y descubrir productos que todavía no existen en su catálogo. Quizá el negocio inmediato siga siendo pequeño. Lo estratégico es que permite empezar a construir el siguiente negocio sin tener que esperar a que alguien apruebe el presupuesto para inventarlo.