¿Qué pasaría si mañana los teléfonos móviles e Internet dejaran de funcionar, los pagos fallaran, los hospitales perdieran los datos de los pacientes y las alertas de emergencia nunca llegaran? Lo que puede sonar a ciencia ficción podría convertirse en realidad. Un fallo a gran escala y en aumento de los sistemas digitales críticos, una pandemia digital, es un escenario plausible que los marcos de gestión actuales aún no están diseñados para abordar.
Ese es el primer párrafo de reporte titulado “When digital systems fail: an expert report on the hidden risks of our digital world” que, publicado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) y la Escuela de Asuntos Internacionales de París de Sciences Po, advierte sobre la necesidad de generar conocimiento técnico, político y colaborativo en torno a los riesgos sistémicos y las vulnerabilidades ocultas de la infraestructura digital global crítica frente a fallos que, recuerda, ya fueron anunciados.
La paradoja digital
La infraestructura digital incrementó la eficiencia y la conectividad pero también generó vulnerabilidades sistémicas invisibles que pueden causar interrupciones en cadena, en sectores como energía, finanzas, transporte, salud y gobernanza. Entre otras razones, porque todo el funcionamiento de la vida humana fue impactado por diferentes procesos de transición al entorno digital. Una aceleración de la transformación que fue tal, que también supuso la degradación o la eliminación de procedimientos manuales o analógicos de respaldo.
“La creciente basura espacial ya amenaza con llevar la órbita terrestre baja al colapso, poniendo en peligro la navegación por satélite, las redes financieras y la predicción meteorológica, todo a la vez. El clima extremo, que se vuelve más violento con el cambio climático, ya ha demostrado su capacidad para cortar por completo la infraestructura digital, transformando los desastres en crisis humanitarias”, dice el reporte y exhibe cómo las interrupciones digitales “se propagan en cascada”.
“Lo que comienza como un fallo local puede extenderse rápidamente entre sectores y fronteras. De hecho, hasta el 89 por ciento de las interrupciones digitales causadas por peligros naturales se deben a efectos secundarios de desbordamiento (spillover) en lugar del daño inicial. El número de personas afectadas en última instancia puede ser hasta diez veces mayor que las expuestas inicialmente al evento original”, precisa y advierte sobre la brecha crítica que existe en la forma en que se entienden estos riesgos a escala planetaria.
En el espacio, la tierra y el lecho marino
“Basados en peligros documentados, evidencia empírica y experiencia intersectorial en telecomunicaciones, gobernanza de infraestructura digital, peligros naturales, gestión de riesgos, ciberseguridad y resiliencia de sistemas críticos, los escenarios de esta sección fueron desarrollados a través de un proceso colaborativo”, resume el reporte para analizar tres posibles escenarios de riesgo: el espacial, el terrestre y el submarino.
Advierte que la cuestión del riesgo espacial, por ejemplo, no forma parte del mapa de desastre que ponderan atender las naciones y que, por tanto, no hay un mecanismo sistémico por el que se conecte el conocimiento espacial disponible con las organizaciones, los jurisdicciones y los sectores involucrados para enfrentar un posible evento crítico.
En lo que al escenario terrestre respecta, señala que el calentamiento global fue pronosticado con exactitud hace más de dos décadas, pero que eso no supuso una acción planetaria conjunta que la atendiera.
El resultado fue la elevación de las temperaturas oceánicas y el estrés de los sistemas energéticos, que hoy están sobre exigidos por la demanda creciente de los centros de datos (pero también por la demanda de las redes de telecomunicaciones, los sistemas de pago, los servicios de navegación e infraestructura móvil, y las estaciones terrenas de satélite, por hablar de la industria telco en particular) y que forman parte de las infraestructuras que no están preparadas para enfrentar las olas de calor que azotarán con cada vez mayor frecuencia al planeta.
En el escenario que este informe recrea para graficar la coyuntura, fallarán las comunicaciones móviles al punto de impedir que las alertas públicas de emergencia digitales funcionen y que se activen de forma paliativa los sistemas de radio y los analógicos, que no llegan a la totalidad poblacional.
“La ola de calor está pronosticada. El estrés del centro de datos es medible. Las dependencias -red eléctrica a refrigeración, a la nube, al sistema de salud, a la alerta civil- han sido documentadas en alguna parte, por alguien. Lo que aún no existe es un mecanismo compartido para ver estas dependencias juntas, o cualquier protocolo que trate un evento térmico sostenido como una emergencia de infraestructura digital. La ausencia de un desencadenante visible -sin explosión, sin ciberataque, sin fallo dramático- significa que cada organización espera a que alguien más declare la crisis. Para cuando alguien lo hace, el sistema de alerta que habría llegado al público ya está fuera de línea”.
En este sentido, el trabajo valora a la capa eléctrica como “fundamental” por la dependencia que tiene el ecosistema digital para su vital funcionamiento y recuerda eventos en los que el estrés de esa red generó fallas informáticas intersectoriales. Por caso, el apagón de 2025 en España que implicó la pérdida repentina de 15 gigavatios de energía, desencadenando fallos intersectoriales y dejó sin servicio de telecomunicaciones a España y Portugal.

Infraestructuras críticas – Imagen realizada con IA
Bajo el mar, la situación no es diferente. Y en el escenario planteado se recurre al evento sucedido en 2022 cuando el volcán Hunga Tonga-Hunga Ha’apai erupcionó a 40 kilómetros al norte de la capital de Tonga, en el océano Pacífico.
Este evento destruyó 80 kilómetros del único cable submarino que conectaba el archipiélago con el resto del mundo, lo que dejó a oscuras a la isla durante cinco semanas y el cable insular inoperante por 18 meses, dado que el barco de reparación más cercano estaba estacionado en Papúa Nueva Guinea, a más de 4.200 kilómetros de distancia.
Y pone en contexto el caso. Porque el poco tráfico que corría por esa infraestructura hubiera supuesto una crisis financiera si esa densidad de datos hubiese sido mayor, considerando que los cables submarinos transportan más del 99 por ciento del tráfico internacional de Internet.
Otro caso mencionado fue la interrupción de múltiples cables que surcaban el Mar Rojo en 2024 que afectaron el 25 por ciento del tráfico existente entre Asia y Europa. Ahí si hubo un alcance más cuantioso
“Varios cables se cortan inmediatamente. Otros sufren daños que los instrumentos no detectarán hasta el día ocho, cuando fallan por completo, eliminando la conectividad residual. En las primeras seis horas, el respaldo satelital absorbe aproximadamente el ocho por ciento del tráfico normal. En 90 minutos, incluso esa capacidad se ve abrumada”, estima y recuerda que, en casos como este, no hay entidad global que intervenga.
El reporte señala que los tres escenarios comparten un elemento central: que la información requerida para anticipar la interrupción existió, pero que no se había trabajado en crear acciones coordinadas entre las organizaciones, las jurisdicciones y otros sectores que pudieran intervenir.
También que la afectación de la infraestructura crítica supone impactos en todas las áreas de la vida humana: las transacciones financieras, que dependen de la sincronización por satélite; los sistemas de transporte que dependen de datos en tiempo real, navegación GNSS y gestión digital del tráfico; los sistemas de salud, que dependen de plataformas en la nube; y las alertas de emergencia, que dependen de los mismos centros de datos que los servicios cotidianos. Y reconoce, ademá, que esta brecha digital global, que deja a cerca de una cuarta parte del mundo fuera de línea, “crea vulnerabilidades distintas”.
Recomendaciones críticas, riesgos invisibles
“La infraestructura digital contemporánea es simultáneamente más robusta y más frágil que nunca. Esto no es una contradicción, sino una característica estructural de cómo evolucionan las redes a gran escala”, dice y reconoce que tras décadas de inversión en redundancia, equilibrio de carga y arquitectura distribuida abonaron a la resiliencia de las redes pero que, al mismo tiempo, es tan “profundamente interdependiente” que “crea condiciones en las que un impacto inicial lo suficientemente grande puede propagarse entre sistemas con una velocidad y un alcance que ningún operador individual controla o incluso prevé”.
Reconoce que los riesgos digitales “son invisibles”, a diferencia de las inundaciones, terremotos o accidentes industriales, y que esta invisibilidad retrasa el reconocimiento de la gravedad y la activación de los mecanismos de respuesta: “Cuando la infraestructura de información falla, la capacidad para evaluar daños, coordinar la respuesta y comunicar instrucciones se destruye simultáneamente con, o incluso antes de los sistemas físicos de los que depende.
Dice que, pesar de su centralidad para los servicios financieros, la atención médica, las cadenas de suministro y la administración pública, los centros de datos constituyen lo que la literatura identifica como un punto ciego significativo en el estudio de los riesgos digitales críticos y ofrece datos del crecimiento de esta industria.
“Para 2030, se espera que la demanda mundial de electricidad de los centros de datos se duplique con creces, pasando de 415 teravatios-hora en 2024 a aproximadamente 945 teravatios-hora, acercándose al tres por ciento del consumo eléctrico mundial total” dice y advierte que la concentración geográfica amplifica su vulnerabilidad, dado que un solo evento meteorológico puede causar “daños inmediatos e irreversibles”.
Para enfrentar esta coyuntura, propone avanzar en seis prioridades que valora estratégicas basadas en la construcción de conocimiento colaborativo, actualizar los marcos de gestión de riesgos, fortalecer estándares internacionales y generar mecanismos de coordinación e intensificar la gobernanza en clima espacial, seguridad de cables submarinos, infraestructura satelital y centros de datos. Además, fortalecer la resiliencia social, a través de la inversión en habilidades analógicas, y fomentar una conciencia situacional compartida entre gobiernos, autoridades locales y operadores privados de infraestructura a nivel transfronterizo.
¿Cuenta regresiva?
Esta información fue publicada por UIT, la UNDRR y Sciences Po en mayo –aqui– pero cobra particular relevancia ante dos escenarios de riesgo concreto, que tiene en vilo al mundo por estas horas. Por un lado, el vinculado a las advertencias que desde hace semanas señalan el posible desboque de una inteligencia artificial (IA) tan autónoma que ya no respeta los lineamientos de orquestación humana.
Y hasta se conecta con las recientes declaraciones de Bill Gates, cofundador de Microsoft, ofrecidas en una entrevista ofrecida a Kristen Welker para NBC –aqui-, donde advierte que la IA puede ofrecer herramientas para sabotajes y acciones terroristas.
“Parte de la razón por la que estoy hablando tan fuerte como puedo, es que no puedes confiar en que la industria se autoregule. Es, simplemente, una locura. La única pregunta en momento es, ¿esperamos hasta que un ciberataque o un ataque biologico cause daños masivos y entonces aplicamos las salvaguardas de un monitoreo, o podremos ser lo suficientemente sabios como para imponer estas medidas antes que se produzcan millones de muertes”.
También con el riesgo medioambiental que supone el efecto del cambio climático con posibles consecuencias climáticas adversas y eventos catastróficos, sobre los que los servicios metereológicos globales ya emitieron alertas.


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