Google quiere llevar la inteligencia artificial (IA) más allá de las nubes: la compañía redobla su apuesta por el Proyecto Suncatcher, una iniciativa para trasladar el procesamiento de IA al espacio exterior. Con un primer ensayo en órbita previsto para la próxima semana y el objetivo de hacer el lanzamiento comercial en 2027, el gigante tecnológico busca aprovechar la luz solar ininterrumpida de la órbita baja terrestre (LEO, por sus siglas en inglés) para procesar grandes volúmenes de datos. Sin embargo, mientras la industria promete una “energía limpia y sin límites”, la iniciativa enciende las alarmas sobre el verdadero impacto ambiental de trasladar los centros de datos de la Tierra al espacio.
La gigante tecnológica explora la viabilidad de desplegar infraestructura escalable de IA el espacio con el argumento de aprovechar las condiciones orbitales de, por ejemplo, una luz solar casi constante, que permite generar hasta ocho veces más energía solar de la Tierra, para ejecutar grandes cargas de trabajo de IA a futuro.
SpaceX también es de la partida dado que el primer lanzamiento de prueba se realizará bordo de la misión Transporter-18, en colaboración con Planet, para probar un satélite prototipo equipado con Unidades de Procesamiento Tensorial (TPU Trillium) LEO de Google. Pero en esa presentación, que se hace foco en la innovación, no se ofrecen datos sobre posibles estudios de impacto ambiental.
En 3..2..1
¿Ya? Sí, ya. “Algunas cosas solo se pueden probar en el espacio. Poner en órbita nuestros primeros TPU la próxima semana nos ayudará a obtener datos y conocimientos que servirán de base para futuros lanzamientos”, adelanta Google en un anuncio publicado este jueves en su portal, y pone fecha para su primera prueba en órbita en 2027, cuando lance un satélite prototipo para evaluar el rendimiento de las TPU al espacio.

Data center del espacio – Crédito: Freepik
“En órbita terrestre baja, los satélites pueden acceder a luz solar casi constante, generando hasta ocho veces más energía solar que en la Tierra. Eventualmente, podría ser posible conectar múltiples constelaciones de satélites, lo que les permitiría gestionar cargas de trabajo de IA más grandes mientras están en órbita”, dice Google y agrega que esta misión estará a bordo del transbordador Transporter-18 de SpaceX, desarrollado en colaboración con Planet.
Explica, además, que fue diseñada para recopilar datos en órbita sobre cómo las TPU soportan el estrés físico del vuelo, estimado en 10 minutos, además de las condiciones extremas de radiación y temperatura del espacio. Agrega que, aunque los dispositivos suelen dañarse por la presión del viaje, las pruebas realizadas sobre el hardware fueron alentadoras tanto en materia de movimiento como en la tolerancia a la radiación.
El anuncio también da cuenta de la estrategia de refrigeración prevista, a lo que reconoce como “un desafío crucial para la investigación”.
Admite que el procesamiento de datos genera calor en grandes cantidades en una zona reducida y pone el foco en la necesidad de disiparlo “de forma segura para evitar el sobrecalentamiento de los chips”. Y como en el espacio no hay flujo de aire, apuesta a que una combinación de tubos de calor y radiadores le permitan lograr ese objetivo.
“Hasta ahora, nuestro equipo ha probado la tecnología en una cámara de vacío térmico que simula tanto el entorno térmico como el de vacío del espacio. Veremos cómo funciona nuestro nuevo sistema de enfriamiento TPU en el espacio y perfeccionaremos nuestros diseños a medida que obtengamos más información”, asegura y resalta el “veremos” porque tampoco pondera cuánto es lo que queda librado al azar.
El anuncio también detalla que estas instalaciones satelitales transportarán docenas de chips TPU mientras orbitan la Tierra en grupo y que, para mantener el ancho de banda necesario para procesar los datos de IA, cada satélite debe conocer tanto su propia posición como su ubicación relativa con respecto a sus vecinos; algo que se logrará mediante láseres.
Ni el primero, ni el último
La idea de llevar la computación de alto rendimiento y de inteligencia artificial al espacio no es nueva y se suma a otras que enfrentaron los mismos desafíos técnicos de lograr el ancho de banda requerido para descargar enormes volúmenes de datos a la Tierra y la insaciable demanda energética que los centros de datos terrestres experimentan.
Entre los casos más conocidos se encuentran las iniciativas de empresas como Planet Labs, Kepler Communications y EnduroSat, que utilizan módulos optimizados de NVIDIA integrados en sus satélites para ejecutar modelos de visión por computadora en órbita que detecten incendios forestales, deforestación o tráfico marítimo en tiempo real.

Imagen creada con Gemini
Otro caso es el de la Misión PhiSat-1, de la Agencia Espacial Europea (ESA) que en 2020 fue pionera en llevar un chip de IA (Intel Movidius Myriad 2) al espacio para ejecutar una red neuronal que detecte fotografías satelitales que estuvieran cubiertas por nubes. El logro pasó por evitar gastar ancho de banda en la descarga de imágenes inservibles.
Pero también hay otras apuestas por crear infraestructuras de data centers espaciales u orbitales, como es el caso de la start-up de infraestructura Orbital que trabaja en el diseño de constelaciones de satélites para crear centros de datos espaciales que aprovechen la energía solar ininterrumpida y el vacío térmico para ofrecer procesamiento de inferencia de IA a gran escala.
Radicada en Los Ángeles, Estados Unidos, Orbital anunció a mediados de este año su plan para lograr una constelación de 100.000 satélites para el procesamiento de IA, a través de la presentación documental ante la Comisión Federal de Comunicaciones de ese país (FCC, por su sigla en inglés), a la que anunció como el camino para “alcanzar los 10 gigavatios de potencia informática orbital”.
“A plena capacidad, la constelación proporcionaría aproximadamente 10 gigavatios de capacidad de procesamiento, comparable a los cerca de 8,5 gigavatios de nueva capacidad de energía añadida a la red eléctrica estadounidense el año pasado, sin consumir electricidad, tierra ni agua terrestres”, dice el anuncio en el que también se precisó que cada satélite funciona como un único rack de alta densidad y que es alimentado por unos 100 kilovatios generados por sus propios paneles solares.
“La demanda de capacidad de procesamiento para IA supera con creces nuestra capacidad de construcción terrestre: nos faltan energía, terreno y agua simultáneamente. El espacio resuelve estos tres problemas. La luz solar es constante, la refrigeración es gratuita y no hay zonas que perturbar. Creemos que la próxima generación de centros de datos no se construirá en el desierto, sino en órbita” dijo en aquella oportunidad Euwyn Poon, fundador y director ejecutivo de Orbital (aquí) y presentó un plan progresivo: en 2027 se lanzaría una carga útil de demostración con una sola GPU a bordo de un Falcon 9; y en 2028 sería el año en que el primer modelo de satélite sea puesto en el espacio, el Orbital-1.
Otro caso similar es el de Kepler Communications que, tras haber sido lanzado en enero de 2026, desarrolla la misma estrategia que plantea probar Suncatcher a partir de 2027: satélites LEO interconectados con enlaces ópticos láser.
Inclusive, hace menos de un mes, Kepler Communications (aquí) anunció que su red de retransmisión de datos ópticos de próxima generación ya ofrece servicios comerciales a clientes de todo el mundo, mediante el uso de más de 10 estaciones terrestres ópticas situadas en varios continentes.
“En los últimos años, hemos demostrado el potencial de las redes ópticas en el espacio. Hoy, estamos satisfaciendo las necesidades de las misiones en tiempo real, al tiempo que sentamos las bases para la próxima generación de operaciones espaciales”, dijo Mina Mitry, CEO y cofundadora de Kepler y detalló que se realizan tareas de observación de la Tierra, conocimiento del dominio espacial, tareas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR), de defensa y otros usos en tiempo real.
En este caso, los plantes para 2028 involucran la ampliación de la red en capacidad, resiliencia y rendimiento de la red, con terminales ópticas que admiten velocidades de datos de hasta 100 Gbps y futuras misiones, incluido el programa HydRON de la ESA.
Pero volviendo al anuncio de Google, dicen que “esto es solo el principio” y que “explorar el espacio como un lugar viable para la computación de IA escalable no sucederá de la noche a la mañana. Requiere ingeniería metódica, comenzando por demostrar que nuestro hardware puede manejar las realidades físicas e impredecibles de operar en órbita. Este primer lanzamiento tiene como objetivo observar qué funciona, identificar puntos débiles y aplicar esos hallazgos a futuras misiones”.
En la tierra como en el cielo
La noticia alucina porque la necesidad de procesamiento crece a pasos agigantados, porque la inteligencia artificial es, hoy, la creación más poderosa alguna vez inventada, digna de ciencia ficción. Pero también porque los debates sobre el impacto medioambiental de estas infraestructuras se multiplican en el Planeta, con la consecuente necesidad de contener, mitigar y evitar los efectos nocivos. Y el espacio exterior no está exento.
Desde hace algunos años se busca desarrollar estrategias legislativo-normativas pero también técnicas para mitigar la basura espacial, evitar la contaminación orbital y planetaria, y regular la sostenibilidad a largo plazo ante la proliferación de mega constelaciones satelitales.
Tras el inicio de la carrera espacial, a mediados del siglo pasado, se comenzó a trazar normativas, tratados, acuerdos y convenios globales para evitar la contaminación y el daño del espacio, de la Luna y de otros cuerpos celestes.
Entre ellas, por caso, destaca la directriz de la Organización de las Naciones Unidas para la Reducción de Desechos Espaciales, de 2007, en la que se plantea, por ejemplo, la recomendación de que cualquier satélite en órbita baja (LEO) sea desorbitado o reingresado a la atmósfera en un plazo máximo de 25 años tras finalizar su misión.
Las LEO, por caso, no sólo fueron condicionadas al inicio de su despliegue por organismos como la NASA hace cuatro años, sino que ya hubo pedidos colectivos de investigadores que alertaron sobre la necesidad de detener los lanzamientos hasta tanto se hicieran las evaluaciones ambientales pertinentes.
A todo este recorrido, se suman los debates terrestres en torno al emplazamiento de centros de datos en todo el mundo y el desafío que tienen las administraciones de gobierno de generar mecanismos de contención que no inhiban el desarrollo, la innovación y las inversiones.
Es momento de mirar para arriba, también.

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