En tiempos de incertidumbre el regulador debe ganar flexibilidad

Así se deben haber sentido las personas que vivían en Gran Bretaña mientras ocurría la Revolución Industrial.

Inicio esta nota recordando al siglo XIX porque me imagino que aquellas personas que hoy tienen en sus espaldas la necesidad de pensar regulaciones para el siglo XXI deben sentirse, más o menos, igual que aquellos ciudadanos de Gran Bretaña durante la primera revolución industrial. Estamos cerca de la cuarta y las promesas de cambio económicos y sociales sólo pueden ser comparables a esa primera, cuando la máquina de vapor llegó para mover todas las piezas y empezar a construir desde cero.

Pienso en la Primera Revolución Industrial aun cuando los estudiosos aseguran que en este tiempo no se puede confiar en las tendencias basadas en el pasado —nunca se sabe cuál será la próxima ola ni la aplicación que moverá el tablero— y recomiendan un análisis prospectivo, con visión de futuro, para poder tomar mejores decisiones. Sin embargo, el pasado es lo único que conocemos y las decisiones que hemos tomado y sus consecuencias, la única forma de aprender. Y, en regulación, la historia nos cuenta que ni la intervención ni la desregulación dan siempre los resultados esperados .

El mundo está en una época de cambios tecnológicos, económicos, sociales y culturales —entre tantos otros—. Internet se ha expandido hasta terrenos insospechados y ahora está presente en casi todas las acciones y decisiones que tomamos día a día. Los viejos esquemas del siglo XX no funcionarán en este siglo.

En esta cuarta revolución industrial las metas están claras. Cualquier persona en la industria se anima a decir, sin temor a equivocarse, cómo será la economía y la sociedad una vez que hayamos pasado este estadio de transformación dónde la incertidumbre reina. La cuarta revolución industrial es aquella apalancada por Internet, por la hiperconectividad —no sólo de personas sino también de objetos—, por la computación en la nube, las redes móviles y la inteligencia artificial. La economía digital es aquella de las empresas que nacieron digitales, es una economía ágil, flexible y siempre en movimiento. Una economía en dónde no hay espacio para las empresas tradicionales, que deben transformar su negocio, su infraestructura y su forma de operar.

Así como este nuevo escenario pone en riesgo a las empresas que no sepan adaptarse al cambio, también representa un desafío para los países, que deben adaptar su regulación para habilitar el desarrollo de nuevos negocios, aumentar la productividad y ser más atractivos para la inversión.

En un contexto de incertidumbre, con ingresos por servicios tradicionales cayendo y grandes compañías digitales poniendo presión al negocio de telecomunicaciones, el reclamo de las empresas es, precisamente, certidumbre.

La necesidad de contar con planes de espectro a corto, mediano y largo plazo es uno de los principales pedidos del sector móvil, que busca previsibilidad para manejar sus inversiones. También se apunta a modificar algunas prácticas del pasado como la imposición de límites de acumulación de espectro demasiado acotados —especialmente cuando la nueva tecnología móvil, esa que aseguran impulsará la cuarta revolución digital, demandará mucho más espectro disponible— y concesiones de espectro que también se consideran demasiado acotadas en el tiempo. La nueva economía digital requiere de concesiones a largo plazo —al menos por 20 años, tal como se prevé en el proyecto de ley para modernizar la regulación en Colombia— para garantizar el retorno de la inversión. La certidumbre jurídica, la confianza y el liderazgo político aparecen como pinceladas para conformar el cuadro.

En esta búsqueda de seguridad, lo operadores esperan que los reguladores sean menos intervencionistas en el mercado y le aporten un mayor respiro a la hora de pensar nuevos negocios. Ya lo decía Ajit Pai a la hora de defender el fin de la neutralidad de la red y la caracterización de la banda ancha como servicio público en los Estados Unidos: una regulación muy rígida pone un freno a las inversiones y la innovación.

Sobrevivir en este contexto requiere de creatividad, pero la innovación solo sucede cuándo hay espacio para poder experimentar. Debe ser por eso que la industria parece coincidir en que se eliminen rigideces regulatorias y empezar a pensar más en una regulación ex post que ex ante. Es decir, pasar de regular a controlar y actuar sólo cuando se encuentren fallas en el mercado.

Esta desregulación no significa dejar todo librado al azar —eso sería un error de los reguladores— sino encontrar un balance entre regular excesivamente —algo que ya algunos analistas han criticado del modelo europeo— y no poner ninguna regla en absoluto. También la parálisis es contraproducente. Sin reglas claras que indiquen cómo y en qué servicios se podrá competir, la inversión (especialmente en infraestructura) se verá afectada.

El gran desafío de los reguladores es mantener la cancha de juego pareja para que operadores puedan sentirse seguros de invertir en un negocio que requiere grandes desembolsos de dinero para desplegar y mantener las redes. Los operadores esperan de los reguladores simplicidad en las normas y condiciones justas de acceso a postes, ductos y sitios para desplegar su infraestructura, además de reglas claras de compartición para hacer más eficientes los costos. Además, piden que no se tengan en cuenta ambiciones recaudatorias para determinar los precios del espectro.

Los reguladores hoy se encuentran en el medio de un conflicto entre las necesidades de los ministros de Hacienda y las demandas de los operadores, entre el pedido de los ciudadanos por mayor capacidad de redes aunque con menor impacto ambiental y el derecho de los municipios de crear y cobrar derechos por la instalación de antenas. El regulador debe ser capaz de negociar con todos los actores y decidir, siempre, según lo que sea más conveniente para el usuario final.

Ahora bien, la regulación de la industria no pasará exclusivamente por el espectro, los OTTs, los ductos o la infraestructura. La nueva economía digital demandará atender temas de protección de los datos personales, inteligencia artificial y responsabilidad de algoritmos, entre tantas otros. En estas áreas todavía queda mucho por hacer. Ni siquiera los países más desarrollados han encontrado el camino.

En contextos de incertidumbre parece haber una especie de quietud en la regulación, al menos en América Latina. Los reguladores prefieren no intervenir antes que poner reglas que, en vez de incentivar inversiones, las reduzcan.

A la hora de regular para la nueva economía digital, la industria opina que se debe repensar la forma de hacerlo: la clásica visión verticalista no tiene ningún sentido en un mercado que tiende a la convergencia y en el que compañías muy disimiles entre sí pueden estar ofreciendo el mismo servicio.

La clave para emparejar el campo de juego entre operadores y OTTs puede estar en dar vuelta el tablero y empezar a regular por servicio y no por vertical. Incluso, la tendencia parece ir hacia reguladores convergentes, que, al menos, se ocupen de temas de radiodifusión, servicios audiovisuales y telecomunicaciones. Algunos de los países que han avanzado en este sentido son Ecuador con la Autoridad de Regulación de las Telecomunicaciones (Arcotel) y Argentina con el Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom). De aprobarse el proyecto de ley en Colombia, este país se unirá a este listado con la integración entre la Agencia Nacional de Televisión (ANTV) y la Comisión de Regulación de las Comunicaciones (CRC).

Los especialistas en temas de telecomunicaciones coinciden en que el foco de la regulación debe estar en el usuario y en garantizar la competencia en servicios. La teoría económica dice que en mercados competitivos los precios tienden a bajar y los productos, a mejorar. Si es que existe parálisis regulatoria, ésta no debe transformarse en una acción indiscriminada por acaparar todas las problemáticas de la economía digital. Más bien tratar de evitar arreglar lo que no esté roto y, al mismo tiempo, brindar las condiciones necesarias para que las empresas compitan y los usuarios estén protegidos.

La tarea tiene una dimensión titánica. Los reguladores deben repensar su misión y reconvertirse para ser más flexibles —y negociadores—. La industria demanda agilidad y eso quizás signifique hacer una revisión periódica de la regulación. De nada sirve en una economía en constante movimiento tener leyes a largo plazo. La regulación debe ser tan dinámica como el mercado y eso significará repensar todo el proceso de elaboración de las normas. Vuelvo al principio, así se deben haber sentido las personas que vivían en Gran Bretaña a mediados del siglo XIX.

Esta nota representa algunas conclusiones del Foro de Regulación 2018 de TeleSemana.com. Para ver los webinars y seguir la discusión, acceda aquí

Leticia Pautasio
Leticia Pautasio es periodista y Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Quilmes (Buenos Aires, Argentina). Durante su carrera profesional se desempeñó en gráfica, radio y medios de comunicación en línea. Desde 2009 se especializa en tecnología, telecomunicaciones y negocios; cubriendo la realidad del sector en América latina. En 2013 obtuvo el diplomado "El Periodista Latinoamericano como agente y líder en el desarrollo social" del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (México). Contacto: [email protected]

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