La conectividad satelital directa al dispositivo (D2D, por sus siglas en inglés) ha pasado de ser una curiosidad tecnológica a convertirse en el nuevo campo de batalla regulatorio. El reciente informe de política pública de la GSMA sostiene que el D2D no debe entenderse como un sustituto de las redes móviles tradicionales, sino como una capa suplementaria que aporta resiliencia y cobertura en zonas inaccesibles. La promesa es ambiciosa porque pretende reforzar la capacidad de respuesta ante desastres, habilitar servicios de emergencia y reducir el aislamiento digital de comunidades remotas.
El debate gira en torno al espectro. El D2D puede operar en dos franjas diferenciadas. Una opción es utilizar bandas móviles identificadas para IMT, lo que permite a los usuarios emplear sus teléfonos habituales sin modificaciones. La otra es aprovechar el espectro satelital ya asignado a servicios móviles por satélite, aunque en ese caso los dispositivos requieren hardware específico, disponible hoy solo en modelos de gama alta. Cada camino implica compromisos distintos en materia de escalabilidad, costes y regulación.
La GSMA defiende que cuando se utilice espectro móvil, el control debe recaer en los operadores que ya poseen las licencias. El argumento es que solo ellos están en condiciones de garantizar la coexistencia técnica y la eficiencia en el uso del recurso. El modelo contempla acuerdos comerciales entre operadores móviles y proveedores satelitales, evitando licencias paralelas que erosionarían el marco de inversión vigente. Esta posición busca reforzar la lógica de un mercado guiado por quienes gestionan redes terrestres que atienden a 5.800 millones de suscriptores únicos.
El reto no se limita a cuestiones comerciales. El riesgo de interferencia entre servicios terrestres y satelitales es real, especialmente en bandas que cruzan fronteras. Reguladores en Estados Unidos, Canadá, Australia y el Reino Unido ya han propuesto marcos específicos que obligan a los servicios D2D a proteger las redes móviles existentes. La Conferencia Mundial de Radiocomunicaciones de 2027 será el escenario donde se intentará forjar reglas globales armonizadas. Allí se debatirá cómo introducir el D2D en un rango de frecuencias de 694 MHz a 2,7 GHz sin comprometer la integridad del ecosistema IMT.
El proceso promete ser complejo. Tres puntos de la agenda del encuentro abordan el mismo problema desde ángulos diferentes. Uno busca asignar espectro adicional a servicios satelitales de baja capacidad. Otro plantea reglas para permitir el D2D en bandas móviles ya consolidadas. Un tercero estudia extender el uso satelital en bandas que hoy están destinadas al móvil. La superposición de debates abre la puerta a la fragmentación regulatoria y a posibles contradicciones. La GSMA alerta de que cualquier decisión debe ir acompañada de mecanismos técnicos y jurídicos que salvaguarden el funcionamiento de las redes móviles.
Aquí es donde creemos que emergen las posibles tensiones. Los operadores satelitales difícilmente aceptarán un marco en el que el acceso al espectro quede bajo la tutela de los móviles. Para ellos, la propuesta de la GSMA subordina su modelo de negocio al visto bueno de los MNOs, restringiendo su capacidad de operar de forma independiente. La gobernanza del espectro se convierte así en un terreno de fricción. El sector móvil, con una base de usuarios mucho mayor y un peso político y económico considerable, tiene más capacidad de presión regulatoria. Esto sugiere que la balanza se inclinará a su favor, aunque a costa de abrir un frente de disputa con el ecosistema satelital que reclama un espacio propio.
El futuro del D2D dependerá tanto de la política como de la ingeniería. En el corto plazo, la disponibilidad de terminales capaces de comunicarse con satélites en bandas satelitales específicas sigue siendo limitada, lo que condiciona la adopción masiva. A más largo plazo, la clave estará en la capacidad de armonizar intereses nacionales, demandas de la industria móvil y ambiciones del sector satelital. La conectividad directa desde el espacio puede ser un gran complemento, pero si se gestiona mal corre el riesgo de convertirse en un nuevo frente de interferencias, duplicidades y promesas incumplidas.