Transformarse sí, pero con los pies en la tierra mediante el control del relato y las expectativas

Los operadores deben seguir transformándose, pero el sector necesita entender quiénes son realmente antes de exigirles que compitan en un juego que no escribieron ellos.

A veces pienso que el sector de las telecomunicaciones sufre más por las expectativas que por la realidad. Después de casi veinticinco años observándolo sin pausa, veo una historia que se repite con distintas formas: ambición, desencanto y una búsqueda permanente de reinvención. Los operadores parecen vivir atrapados en un ciclo en el que deben demostrar constantemente que pueden ser algo más, pero pocas veces nos detenemos a preguntar si ese “algo más” que les exigimos es razonable o simplemente una ilusión bienintencionada.

Cuando llegué a este sector, los operadores móviles dominaban el mundo digital. Eran quienes controlaban la experiencia del usuario. Todo pasaba por ellos: llamadas, SMS, politonos y aquellas primeras aplicaciones que se descargaban a través de WAP en redes de operadores de la GSMA o mediante BREW, para operadores CDMA. En ese momento se hablaba del “jardín cerrado” de las telcos y parecía que nada podía amenazar su control.

Sin embargo, cuando ese jardín se abrió con la llegada de iOS y Android, todo cambió. Las aplicaciones de terceros tomaron el protagonismo y el valor se desplazó hacia los ecosistemas digitales, mientras los operadores quedaban confinados al papel menos visible, aunque esencial, de quienes sostienen la red.

Desde entonces, la industria vive un estado de búsqueda constante. Primero fue la convergencia, después la digitalización y, más recientemente, la transición hacia el modelo TechCo. En teoría, la idea de que un operador se convierta en una empresa tecnológica suena inspiradora.

Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Los ejemplos concretos muestran que operar redes de telecomunicaciones es una tarea difícil incluso para las compañías tecnológicas más avanzadas. Google lo intentó con Fiber y comprobó que la conectividad no se conquista con algoritmos. Rakuten, otro jugador digital en Japón, apostó por una arquitectura moderna basada en Open RAN y una narrativa potente, pero su experiencia demuestra que ni siquiera con una base tecnológica actualizada y una gran capacidad de innovación se logra, de manera inmediata, un papel relevante en un mercado tan competitivo.

Estos casos deberían ayudarnos a poner las cosas en perspectiva. Exigir a los operadores que sean al mismo tiempo los mejores en ingeniería de red y protagonistas del mundo digital equivale a pedirle a un jugador de golf que meta la pelota con el primer golpe. Nadie juzgaría su talento por no lograrlo, porque el juego no está diseñado así. Cada golpe tiene un propósito, un aprendizaje y un recorrido. Sin embargo, en el caso de las telcos, el juicio suele ser implacable. Se las evalúa como si pudieran transformarse por completo de la noche a la mañana, y cuando no lo consiguen, se interpreta como un fracaso.

Recuerdo con cierta nostalgia los años en que este sector rebosaba entusiasmo. En los eventos se regalaban botellas de champán y algunos viajes eran casi de lujo. Aún conservo la memoria de aquel Mundial de Corea y Japón al que asistí invitado por Qualcomm para probar CDMA EV-DO con teléfonos que parecían del futuro. Hoy nadie regala champán, y no pasa nada. Sería absurdo añorar esos gestos porque el sector cambió, y nosotros también. Aceptar ese cambio es parte de la madurez. Lo mismo ocurre con las expectativas. No tiene sentido pedir a los operadores que recuperen el protagonismo de hace veinte años, del mismo modo que no tendría sentido enfadarse porque ya nadie nos paga viajes por la cara. Aquello formaba parte de otra época, y pretender que vuelva es tan irreal como injusto.

Esto no significa que el sector deba conformarse. Hay mucho por hacer. Los operadores tienen por delante la oportunidad de mejorar su eficiencia, automatizar procesos, integrar su red con la nube de forma más inteligente, desarrollar modelos B2B2X y extraer valor de los datos que ya poseen. Pero el progreso no pasa por soñar con imposibles, sino por avanzar con los pies en la tierra.

No se trata de renunciar a la ambición, sino de gestionarla mejor. El éxito del futuro no dependerá de cuántas telcos logren parecerse a las grandes tecnológicas, sino de cuántas consigan sacar el máximo provecho de lo que las hace únicas: su infraestructura, su capilaridad y su fiabilidad.

Al llegar a este final de año, me queda la sensación de que las telecomunicaciones necesitan reconciliarse con su propia realidad. Durante demasiado tiempo han convivido con un relato que a menudo se parece más a una aspiración imposible que a una hoja de ruta coherente —y yo podría también haber sido culpable de esto, no me borro del asunto.

Sin embargo, reconocer los límites no es resignarse. Es ejercer una forma más madura de liderazgo. La conectividad sigue siendo el cimiento sobre el que se construye toda la economía digital, y aunque su valor parezca invisible, sigue siendo insustituible.

Quizá la próxima década no exija promesas de grandeza, sino algo más valioso: lucidez. Porque, al final, la lucidez —más que la ambición desmedida— puede ser la verdadera ventaja competitiva del sector telco en los años que vienen.

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Cuenta con más de 22 años de experiencia cubriendo el sector de las telecomunicaciones para América Latina. El Sr. Junquera ha viajado constantemente alrededor del mundo cubriendo los eventos de mayor relevancia para la industria en América, Europa y Asia. Su experiencia académica incluye un BA en periodismo escrito por la Universidad de Suffolk en Boston, MA, y un Master en Economía Internacional en la misma institución.