Telefónica convierte su legacy en mini data centers, pero el reto está en venderlos como cloud

La infraestructura está desplegada, pero la monetización dependerá de si el operador logra adoptar una lógica comercial más cercana al cloud que al telco tradicional

Telefónica ha decidido convertir una parte de su infraestructura histórica en una nueva capa de computación distribuida. La compañía está desplegando en España una primera ola de nodos de edge computing ubicados en antiguas centrales que ahora operan como mini centros de datos distribuidos, con diez ya activos y varios más previstos a lo largo de 2026, con el objetivo de reducir latencia, habilitar nuevos servicios digitales y reforzar la soberanía del dato. No se trata de instalaciones pequeñas en términos absolutos, sino de nodos de entre uno y dos megavatios que, por su proximidad al usuario y su integración con la red, buscan ocupar un espacio intermedio entre el cloud centralizado y el extremo de la red.

La lógica técnica encaja con el momento que vive el mercado. La demanda de cómputo crece empujada por la inteligencia artificial (IA), el Internet de las cosas (IoT) y la digitalización de procesos industriales, mientras que la disponibilidad de energía, suelo técnico y ubicaciones preparadas se ha convertido en un factor limitante. En ese contexto, las centrales de un operador, distribuidas por todo el territorio y conectadas a una red de fibra y 5G de alta capilaridad, pasan de ser un legacy a un activo estratégico. Telefónica refuerza este planteamiento con una lista concreta de ciudades y emplazamientos, lo que le da al proyecto una concreción territorial real y evita que quede en una promesa abstracta.

Este despliegue inicial no vive aislado. Forma parte de un marco más amplio vinculado al Proyecto Importante de Interés Común Europeo sobre Infraestructura y Servicios Cloud (IPCEI CIS, por sus siglas en inglés), en el que Telefónica se ha comprometido a diseñar y desplegar al menos veintiocho nodos de edge computing en total dentro de una arquitectura cloud edge europea, abierta y multiproveedor.

Este punto es clave para entender el alcance real del proyecto. El respaldo del IPCEI no implica que la iniciativa carezca de sentido económico, pero sí reconoce que el retorno privado de una inversión de este tipo es incierto o lento en sus primeras fases. En otras palabras, el marco europeo permite ejecutar hoy una infraestructura estratégica cuyo despliegue, sin ese paraguas, probablemente sería más limitado, más gradual o directamente difícil de justificar en términos estrictos de retorno sobre la inversión. La ayuda pública no sustituye al modelo de negocio, pero reduce el riesgo inicial y compra tiempo para que ese modelo pueda emerger.

Esa realidad introduce inevitablemente una pregunta incómoda, pero legítima. Si la decisión se tomara sin apoyo público, ¿se ejecutaría este despliegue con la misma ambición, velocidad y alcance? La existencia del IPCEI sugiere que, al menos en esta fase, el mercado por sí solo no ofrece todavía las señales suficientes para hacerlo.

Desde el punto de vista funcional, el edge promete algo muy concreto. Procesar datos cerca de su origen, reducir latencias, aliviar el tráfico hacia el cloud central y permitir que aplicaciones sensibles al tiempo de respuesta funcionen con garantías. Industria 4.0, logística, puertos, retail o gemelos digitales aparecen como casos de uso recurrentes. A esto se suma un argumento cada vez más determinante en Europa, el control del dato, no solo como preferencia política, sino como exigencia real para empresas y administraciones sujetas a regulación local.

Hasta aquí, el relato es sólido. La infraestructura tiene sentido, la narrativa encaja con la agenda europea y la tecnología está alineada con fibra y 5G. El problema, como tantas veces en telecomunicaciones, no está en el qué, sino en el cómo. Entre señalar una dirección estratégica y convertirla en un negocio escalable hay un trecho importante, y ese trecho es precisamente donde históricamente el sector telco ha tenido más dificultades.

El edge no es un problema tecnológico, sino un desafío de modelo de negocio y de cultura organizativa, y ese tipo de transformaciones rara vez se resuelven solo con inversión en tecnología. La baja latencia es un habilitador, pero por sí sola no sirve para crear un mercado amplio y sostenible. Los casos donde es crítica existen, pero suelen materializarse en proyectos complejos, altamente integrados y difíciles de replicar en masa. Funcionan bien como contratos, no necesariamente como plataformas.

El paralelismo con 5G SA es evidente y ayuda a entender el riesgo. También ahí el discurso se ha centrado en el sector industrial y en el segmento B2B, con la expectativa de que grandes contratos empresariales justificaran el despliegue. Ese enfoque no es erróneo. De hecho, encaja perfectamente con la forma tradicional de operar de las telco, acostumbradas a gestionar contratos fuertes, previsibles y de largo plazo con grandes clientes. El problema es que ese modelo, aun siendo lógico, tiene límites claros en términos de escala.

Las telco han demostrado históricamente que saben escalar cuando el mercado es masivo. Ahí está la razón de su éxito en el consumo. Pero el edge y el cloud no escalan solo con grandes cuentas. Escalan con miles de usos pequeños, con experimentación, con consumo incremental y con actores que individualmente no mueven la aguja, pero que en conjunto generan volumen. Si el edge se plantea únicamente como una extensión del B2B tradicional, el techo de ingresos queda definido desde el inicio.

Además, la aritmética del mercado no juega a favor de ese enfoque exclusivo. En la mayoría de países hay tres o cuatro operadores. Los grandes contratos de edge o de 5G SA tenderán a concentrarse en uno o dos actores. El resto quedará fuera de juego y, aun así, incluso para los ganadores, es discutible que ese puñado de clientes sea suficiente para justificar una inversión pensada para operar a escala. El riesgo no es perder dinero, sino quedarse con un negocio correcto, defendible, pero estructuralmente limitado.

La comparación con el mundo cloud resulta inevitable. AWS no construyó su negocio vendiendo latencia ni proyectos cerrados, sino creando un ecosistema basado en autoservicio, APIs claras, documentación exhaustiva, provisión inmediata y pago por uso real. La infraestructura no se negocia, se consume. Se prueba sin pedir permiso y se escala sin fricción. Ese es el patrón que genera volumen y efecto red.

Al margen de este anuncio concreto, Telefónica ya viene trabajando en iniciativas sectoriales orientadas a exponer capacidades de red mediante APIs estandarizadas, como Open Gateway. Aunque el comunicado no las menciona, este tipo de enfoques resulta relevante para entender cómo el edge podría evolucionar hacia un modelo más consumible y cercano al cloud, sin que ello implique que hoy exista una oferta integrada de cómputo bajo ese paraguas.

Todo esto sucede, además, en un momento en el que Telefónica, como muchos otros operadores, se encuentra todavía a medio camino en su propia transformación. La compañía ha dado pasos claros para salir del perímetro estrictamente telco y aproximarse a una lógica más cercana al mundo cloud, pero aún conviven dos modelos culturales y organizativos que no siempre encajan bien entre sí. Por un lado, una visión que apuesta por plataformas abiertas, APIs, desarrolladores y consumo flexible. Por otro, una estructura históricamente diseñada para minimizar riesgo, priorizar contratos grandes y medir el éxito en términos de ingresos comprometidos más que de uso real.

Ese estado intermedio explica buena parte de las tensiones que rodean iniciativas como el edge o el propio 5G SA. No se trata de falta de comprensión tecnológica, sino de un choque entre dos formas muy distintas de crear negocio. El cloud exige aceptar experimentación, muchos usos pequeños y márgenes unitarios más bajos a cambio de volumen y efecto red. El modelo telco tradicional, en cambio, se mueve con mayor comodidad en entornos controlados, con pocos clientes y alta previsibilidad. Pasar de uno a otro es un proceso profundo de cambio cultural que rara vez se completa al ritmo que marca la inversión.

Este punto no invalida la estrategia, pero sí define su verdadero reto. Es razonable que en una fase inicial el edge se vehicule a través de proyectos integrados con grandes empresas, administraciones e integradores especializados. En verticales complejos, ese enfoque no solo es habitual, sino necesario. El problema aparece si ese patrón se consolida como modelo final y no evoluciona hacia una lógica más autoservicio, porque entonces el crecimiento queda condicionado por ciclos largos, pocos clientes y una monetización lenta.

La diferencia entre una infraestructura avanzada y una plataforma viva no está en el número de nodos, sino en la experiencia de consumo. Autoservicio real, precios claros, provisión rápida, documentación y casos de uso empaquetados que se repiten en lugar de reinventarse cada vez. En ese escenario, los integradores no desaparecen, se convierten en multiplicadores, pero la base deja de depender del operador para cada decisión.

Por eso decir que el edge se monetiza como un sistema operativo del territorio no es una metáfora grandilocuente. Significa que capacidades como red, identidad, calidad de servicio, ubicación y, con el tiempo, cómputo e IA pasan de ser productos que se venden a ser funciones que se invocan y se pagan según uso. Es la misma transición que ya vivieron los hyperscalers y las tiendas de aplicaciones, donde el control directo se sustituye por reglas, APIs y escala. Para una telco, implica aceptar márgenes unitarios más bajos, ceder parte del control histórico y apostar por volumen y ecosistema.

Este despliegue inicial de edge de Telefónica es sólido, coherente y estratégicamente bien alineado con Europa. La infraestructura está ahí y la visión está formulada. La incógnita no es tecnológica ni regulatoria, sino de ejecución comercial, modelo de negocio y cultura organizativa. Si el edge evoluciona desde proyectos integrados hacia consumo real y programable, puede convertirse en una palanca de plataforma para desarrolladores e integradores. Si no, será un negocio correcto, razonable y defensivo, pero insuficiente para justificar una ambición de escala. Al final, la diferencia no estará en los milisegundos, sino en lo fácil que resulte construir algo nuevo sin pedir permiso.

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Cuenta con más de 22 años de experiencia cubriendo el sector de las telecomunicaciones para América Latina. El Sr. Junquera ha viajado constantemente alrededor del mundo cubriendo los eventos de mayor relevancia para la industria en América, Europa y Asia. Su experiencia académica incluye un BA en periodismo escrito por la Universidad de Suffolk en Boston, MA, y un Master en Economía Internacional en la misma institución.