NVIDIA, Nokia y T-Mobile apuntan alto, pero el operador sigue en riesgo de quedarse abajo

La IA física abre una nueva frontera de valor donde la red puede ejecutar decisiones en tiempo real, pero si el operador no se convierte en plataforma, otros volverán a capturar el negocio.

El anuncio conjunto de NVIDIA, T-Mobile y Nokia no es uno más, aunque a primera vista pueda parecerlo. La industria lleva años acumulando promesas que giran en torno a la misma idea: que la red deje de ser una simple tubería y pase a capturar más valor. Primero fue el 4G, luego el 5G, después el slicing, las APIs y toda una serie de conceptos que, en teoría, iban a cambiar la ecuación económica del sector. El resultado ha sido otro. Más tráfico, sí, pero no necesariamente más control sobre el valor generado. Por eso conviene mirar este movimiento con cierta cautela, porque aunque hay elementos nuevos, también hay patrones que se repiten.

Lo que NVIDIA, junto a T-Mobile y Nokia, está planteando no es simplemente una mejora de la infraestructura, sino un cambio en la función de la red. La idea de fondo es convertirla en una plataforma capaz de ejecutar inteligencia artificial (IA) en el borde, cerca de donde se generan los datos y donde se requieren las decisiones. Esto no es trivial, porque implica que la red deje de limitarse a transportar información y pase a participar activamente en su procesamiento y en la ejecución de acciones. Dicho de otra forma, la red no solo conecta, sino que empieza a decidir.

Para entender por qué esto es relevante, hay que mirar cómo se ha desarrollado la IA en los últimos años. La explosión reciente se ha producido en el ámbito digital, con modelos capaces de generar texto, imágenes o código, que funcionan principalmente en el cloud y que toleran cierta latencia. Es un modelo limpio desde el punto de vista económico, porque se puede empaquetar fácilmente en forma de suscripción o consumo por uso. Pero ese modelo no sirve para todo. Cuando la inteligencia tiene que interactuar con el mundo físico, cuando tiene que interpretar lo que ocurre en una calle, en una fábrica o en una red eléctrica y actuar en consecuencia, la latencia deja de ser un detalle y pasa a ser un factor crítico.

Ahí es donde entra en juego lo que algunos empiezan a llamar IA física. Los ejemplos que acompañan este anuncio van en esa dirección: sistemas que analizan vídeo en tiempo real para gestionar el tráfico urbano, inspección automatizada de infraestructuras energéticas, detección de riesgos en entornos industriales o gestión inteligente de instalaciones. En todos estos casos, el valor no está en generar una respuesta, sino en ejecutar una acción a tiempo. Y para eso, depender exclusivamente del cloud no es suficiente. Se necesita proximidad, capacidad de cómputo distribuida y una red que pueda garantizar que esa inteligencia llega donde tiene que llegar cuando tiene que hacerlo.

El concepto de AI-RAN que impulsa NVIDIA encaja precisamente en esa lógica. No se trata solo de añadir capacidad de cómputo a la red, sino de rediseñar su arquitectura para que funcione como un sistema distribuido donde cada nodo puede ejecutar modelos de IA. NVIDIA aporta la capa de computación y los frameworks de desarrollo, Nokia el software de red, y T-Mobile el despliegue y la capilaridad. La combinación es potente, porque permite imaginar una red que actúa como un ordenador distribuido, capaz de soportar aplicaciones que requieren latencia ultrabaja y procesamiento en tiempo real.

Sin embargo, que la oportunidad exista no significa que esté claro quién va a capturar el valor. La historia reciente del sector obliga a plantear esta cuestión con cierta crudeza. En cada gran ola tecnológica, los operadores han tenido una posición relevante en la infraestructura, pero el valor se ha desplazado hacia quienes controlaban las plataformas y las aplicaciones. Internet lo dominaron las grandes plataformas digitales, el cloud quedó en manos de hyperscalers, y la actual ola de IA está siendo liderada por actores que no son operadores. No hay nada en este anuncio que, por sí solo, garantice que esta vez el desenlace vaya a ser distinto.

De hecho, si se analiza la estructura de esta iniciativa, el reparto potencial de valor sigue un patrón conocido. NVIDIA se posiciona como proveedor clave de la capacidad de cómputo y de las herramientas sobre las que se construyen las aplicaciones. Los desarrolladores que utilizan su plataforma son quienes están más cerca del caso de uso final y, por tanto, del cliente que paga. Los operadores aportan la red y, en algunos casos, la infraestructura de edge computing. La cuestión es si esa aportación les permitirá capturar una parte significativa del valor o si volverán a quedarse en una posición intermedia, facilitando el servicio pero sin controlarlo.

El cambio más relevante, en realidad, está en cómo se define la monetización. En este nuevo escenario, el valor no se mide en términos de volumen de datos transportados, sino en función de las decisiones que se pueden ejecutar gracias a la inteligencia desplegada en la red. Reducir el tiempo de respuesta ante un incidente, anticipar fallos en una infraestructura crítica, mejorar la seguridad en una planta industrial o optimizar la gestión de una ciudad son resultados que tienen un valor económico claro. La red puede ser un elemento clave para hacerlos posibles, pero eso no implica automáticamente que sea quien capture ese valor.

Por eso, la verdadera cuestión no es tecnológica, sino estratégica. Si los operadores se limitan a ofrecer conectividad mejorada, aunque sea con baja latencia y capacidades de edge, es probable que este ciclo termine como los anteriores. Más inversión, más complejidad y una mejora limitada en la captura de valor. Si, en cambio, son capaces de posicionarse como parte de la plataforma, participando en la orquestación de los servicios, en la ejecución de la inteligencia y en la relación con el cliente final, entonces sí podrían aspirar a jugar un papel distinto.

La IA está entrando en una fase en la que deja de limitarse a interpretar el mundo digital para empezar a interactuar con el mundo físico. Ese salto multiplica el valor potencial de la tecnología, porque afecta a procesos, infraestructuras y operaciones reales. La red está en una posición privilegiada para formar parte de ese cambio, pero estar bien posicionado no es suficiente. La diferencia no la marcará la capacidad de desplegar tecnología, sino la capacidad de decidir dónde jugar en la cadena de valor.

Si esa decisión no cambia, el riesgo es evidente. Los operadores seguirán transportando los datos que permiten que otros sistemas tomen decisiones sobre el mundo físico. Y el valor, una vez más, se generará en otra parte.

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Cuenta con más de 22 años de experiencia cubriendo el sector de las telecomunicaciones para América Latina. El Sr. Junquera ha viajado constantemente alrededor del mundo cubriendo los eventos de mayor relevancia para la industria en América, Europa y Asia. Su experiencia académica incluye un BA en periodismo escrito por la Universidad de Suffolk en Boston, MA, y un Master en Economía Internacional en la misma institución.