Un aula colombiana como ejemplo de resiliencia rural

El desarrollo humano es el proceso que atraviesan todas las personas. Se trata simplemente de las experiencias que se van acumulando a medida que crecen, aprenden y evolucionan en su visión del mundo desde la niñez hasta la edad adulta. Como es de esperar, es un camino plagado de interacciones con otros seres humanos y con los entornos que los rodean.

En este mundo de interacciones, observamos cómo las escuelas rurales colombianas no son espacios rezagados que necesitan ser rescatados, sino ejemplos activos de resiliencia e innovación, capaces de transformar sus limitaciones en oportunidades educativas mediante la adaptación, el uso creativo de la tecnología y la articulación de distintos factores sociales.

La teoría de los sistemas ecológicos propuesta por Urie Bronfenbrenner sirve para demostrar cómo una escuela rural de Norte de Santander ratifica su rol de ente resiliente e innovador ante las privaciones que enfrenta. Así se demuestra que la teoría de los sistemas ecológicos es correcta, pues el desarrollo humano no es un proceso lineal y la adaptación a la tecnología depende de su disponibilidad.

Si llevamos esta teoría al contexto de la educación en la ruralidad colombiana poscoronavirus, observamos algo importante: ante las incertidumbres creadas por el covid-19, las escuelas rurales y sus docentes no se sumieron en la pasividad, sino que actuaron para transformar sus limitaciones en oportunidades concretas de progreso.

Por ejemplo, una escuela rural de Norte de Santander, Colombia, muestra cómo, entre 2019 y el presente, se ha construido una educación digital adaptativa, donde la tecnología no llega como imposición externa, sino como herramienta que se integra con el conocimiento local y la determinación cotidiana.

Debido a las constantes interrupciones, el apoyo que reciben los docentes es indirecto, al buscar ejemplos y contenidos en Internet que complementen sus clases. Aunque los estudiantes pueden acceder a los computadores después de clase, hacerlo no es un requisito, pues quienes viven en las zonas más apartadas no cuentan con el tiempo disponible para hacerlo, ya que tienen que regresar a sus hogares.

Bronfenbrenner denomina cronosistema al entramado de cambios históricos y temporales. En este contexto, el covid-19 actuó como catalizador, no como punto de quiebre. Cuando la conectividad falló, los docentes rurales no suspendieron el aprendizaje: distribuyeron guías impresas semanalmente, visitaron hogares y mantuvieron el ritmo académico con recursos offline. Su respuesta ante la incertidumbre fue acción.

El 80 % de los estudiantes de la escuela reseñada provienen de zonas rurales remotas y viajan diariamente al plantel y ven en la tecnología un puente hacia carreras estables en el sector militar, policial o de salud. Lejos de lamentar brechas, esta escuela rural anticipa choques climáticos recurrentes y la volatilidad económica, mapeando proactivamente soluciones resilientes para enfrentar posibles adversidades, como el uso de servicios de mensajería por celular para comunicar tareas o lecciones de clase.

Asimismo, el macrosistema de Bronfenbrenner muestra cómo las normas culturales rurales evolucionan a medida que la inteligencia avanza. Las comunidades agrarias valoran el conocimiento situado en el territorio y abordan la tecnología con realismo, pero no con rechazo.

El gobierno nacional colombiano ha hecho concesiones explícitas para incorporar tecnologías digitales en las aulas: programas como “Computadores para Educar” han entregado equipos e infraestructura, reconociendo que la equidad rural exige priorizar recursos, incluso cuando los centros urbanos concentran una mayor densidad poblacional. Estas decisiones políticas no son meras respuestas reactivas; son concesiones estratégicas que permiten a las escuelas rurales liderar la reconciliación entre los saberes indígenas y la educación digital, reduciendo la exclusión sin sacrificar la identidad cultural.

De lo contrario, lo que sucederá será repetir en otras escuelas lo que se vive en la escuela de Norte de Santander que investigamos y donde, al preguntar sobre Computadores para Educar, la respuesta de un docente con más de 25 años de experiencia fue: “Sí, han entregado equipos e infraestructura, pero muchos dispositivos son de baja calidad o ya están obsoletos.” Cuando el tema de la conversación se centra en el mantenimiento y las reparaciones de los equipos, tan solo puede responder: “El mantenimiento es limitado, por lo que los docentes deben encargarse de reparar los equipos.”

Las decisiones tomadas fuera de la escuela, denominadas por Bronfenbrenner como exosistema, evidencian que la conectividad depende de regulaciones nacionales de telecomunicaciones y de alianzas internacionales con el Banco Interamericano de Desarrollo, UNICEF GIGA y la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

Sin embargo, la resiliencia surge precisamente porque las escuelas no esperan soluciones perfectas: aprovechan la cobertura intermitente, los enrutadores solares y los datos móviles prepago para avanzar. Un docente local describe cómo, tras la llegada del nuevo director, el uso de laboratorios de cómputo se volvió cotidiano, aunque la mayoría de los colegas opta por métodos híbridos.

Cuando las tormentas interrumpen el servicio, un factor ambiental típico de la región, no se detiene la clase: se imprimen materiales, se forman grupos más pequeños o se asignan tareas que los estudiantes pueden completar en casa. No hay una relación lineal de causa y efecto en la que la falta de Internet redunda en la suspensión de la educación; todo lo contrario, como bien dice la teoría de Bronfenbrenner, el desarrollo humano no es lineal y, ante la dificultad, busca una alternativa que permita el progreso.

Esta adaptabilidad demuestra que la implementación exitosa de tecnologías digitales requiere elementos no directamente relacionados con la educación: estabilidad energética, mantenimiento comunitario de equipos, capacitación compartida entre docentes y, sobre todo, una gobernanza que garantice financiamiento plurianual y alianzas sostenidas entre ministerios y socios internacionales.

No obstante, las interrupciones también acarrean una consecuencia negativa, pues, como nos indica un docente de Norte de Santander, “muchos docentes optan por métodos tradicionales debido a la inestabilidad tecnológica”. En otras palabras, la enseñanza acompañada de herramientas digitales, en ocasiones, no ocurre no por la falta de equipos, sino por la falta de conectividad en las escuelas.

En las interacciones diarias en la escuela (microsistema según Bronfenbrenner), la resiliencia se vuelve tangible. Con 543 estudiantes y 34 docentes distribuidos en tres sedes, el plantel funciona como un ecosistema vivo donde la tecnología amplifica, pero no reemplaza el vínculo humano. Los estudiantes usan WhatsApp para mantener el contacto y exploran nuevas oportunidades laborales gracias al acceso a Internet en el ámbito escolar. Los docentes reparan equipos, comparten conocimientos adquiridos en capacitaciones limitadas y convierten cada interrupción en una lección de creatividad. Estas prácticas no nacen de la escasez percibida como victimización, sino de una cultura de solución que transforma los desafíos en ventajas competitivas para los jóvenes rurales.

Finalmente, según Bronfenbrenner, el mesosistema que conecta todos estos niveles se fortalece cuando las familias, la escuela y las políticas se alinean. Los padres, aunque cautelosos ante las brechas históricas de conectividad, apoyan las iniciativas porque ven resultados concretos: alumnos que mantienen su trayectoria educativa incluso en temporadas de lluvia intensa y que sueñan con carreras que antes parecían lejanas.

La experiencia de una escuela rural del departamento colombiano del Norte de Santander demuestra que la verdadera inclusión digital no depende solo de una fibra óptica perfecta, sino también de la capacidad humana para integrar lo disponible con lo posible. Muchos gobiernos han hecho las concesiones necesarias mediante presupuestos, programas y regulaciones para que la tecnología llegue al aula rural. Pero el éxito definitivo exige reconocer que se necesitan elementos externos a la pedagogía: infraestructura eléctrica confiable, resiliencia climática, fondos estables y normativas culturales que valoren tanto el conocimiento ancestral como el digital.

Tenemos que dejar a un lado la mentalidad paternalista y entender que las escuelas rurales colombianas no esperan ser rescatadas. Son ellas las que, con resiliencia creativa, están construyendo el futuro educativo de América Latina. Su ejemplo demuestra que cuando los sistemas ecológicos se activan de manera coherente, la innovación no surge a pesar de las dificultades, sino precisamente gracias a la determinación de quienes las enfrentan cada día con inteligencia y esperanza.

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José F. Otero es uno de los principales expertos de América Latina y el Caribe en temas de TIC y telecomunicaciones, y posee más de 25 años de experiencia en el sector.