La señal que baja del espacio: conectividad directa al celular en América Latina

Desde el Amazonas hasta la Patagonia, pasando por la Sierra Madre, el altiplano andino y miles de kilómetros de carreteras, América Latina convive con un problema que las redes móviles tradicionales nunca han podido resolver del todo: los espacios sin señal. No se trata de falta de voluntad tecnológica. En muchas zonas, la economía simplemente no cierra. Construir torres, llevar energía, transportar equipo, asegurar mantenimiento y conectar cada sitio con fibra o microondas es muy costoso cuando la densidad de usuarios es baja.

Por eso la conectividad directa al celular está generando tanto interés. La promesa es poderosa: que un smartphone común pueda enviar mensajes, compartir ubicación o conectarse a ciertas aplicaciones sin antenas adicionales, sin terminal satelital y sin equipo especializado. En lugar de depender siempre de una torre terrestre, el teléfono se conecta directamente con un satélite de órbita baja que funciona, en términos simples, como una “torre celular en el espacio”.

La idea no es nueva, pero ahora empieza a ser viable. Los lanzamientos son más baratos, las constelaciones de satélites se fabrican en escala industrial y los estándares móviles ya incorporan redes no terrestres. Aun así, conviene evitar la exageración: esta tecnología no va a reemplazar las redes móviles terrestres. Su verdadero valor está en complementar la cobertura donde no hay red o donde sería demasiado caro desplegarla.

Qué puede hacer y qué no puede hacer

La conectividad directa al celular opera bajo límites físicos muy estrictos. Un satélite en órbita baja está a cientos de kilómetros del usuario, mientras que una torre celular normal suele estar a unos cientos de metros o pocos kilómetros. Esa distancia provoca pérdidas enormes de señal. Por eso, las primeras generaciones de servicio se concentran en mensajería, emergencia, ubicación y datos ligeros, no en sustituir la experiencia de una red 4G o 5G urbana.

También es una tecnología principalmente de exteriores. Para que funcione bien, el teléfono necesita una vista razonablemente clara al cielo. Muros, sótanos, edificios altos, follaje denso o cañones urbanos reducen mucho la probabilidad de conexión. En interiores, donde ocurre gran parte del consumo de datos móviles, la red terrestre seguirá siendo indispensable.

La capacidad también es limitada. Un haz satelital cubre áreas muy amplias y todos los usuarios dentro de esa zona comparten el recurso disponible. En una carretera rural, una mina, una zona agrícola o una comunidad aislada, eso puede ser suficiente. En una ciudad, no. La conclusión práctica es clara: esta tecnología sirve para cerrar huecos de cobertura, mejorar seguridad y habilitar telemetría; no para competir contra una red móvil densa.

Mapa de empresas y acuerdos con operadores

El mercado se está formando alrededor de varias empresas de satélites de órbita baja, cada una con estrategias distintas.

Starlink, de SpaceX, es el jugador con mayor escala. Su modelo se basa en acuerdos con operadores móviles que aportan espectro terrestre para que el satélite se integre a la red del operador. Entre sus socios anunciados están T-Mobile en Estados Unidos, Rogers en Canadá, Optus en Australia, One NZ en Nueva Zelanda, KDDI en Japón, Salt en Suiza, VEON en varios mercados y Entel en Chile y Perú. En América Latina, el caso más importante es Entel Chile, que convirtió al país en el primer mercado regional con servicio comercial de conexión directa entre celular y satélite. Entel Perú ya aparece como el segundo caso regional relevante, con expansión hacia datos ligeros y aplicaciones compatibles.

AST SpaceMobile sigue una ruta más ambiciosa: busca ofrecer conectividad 4G y 5G de banda ancha a smartphones sin modificar, usando satélites de gran apertura y espectro de operadores móviles. Sus acuerdos y alianzas incluyen AT&T y Verizon en Estados Unidos, Vodafone/Vodacom, Rakuten en Japón y otros operadores globales. Su propuesta es atractiva porque apunta a servicios más ricos que la mensajería básica, pero depende de desplegar una constelación suficientemente grande y de obtener autorizaciones regulatorias mercado por mercado.

Amazon Leo y Globalstar representan una jugada diferente. Amazon anunció la adquisición de Globalstar por 11.570 millones de dólares, sujeta a aprobaciones regulatorias. Más que comprar solo una flota de satélites, Amazon busca espectro, experiencia operativa y una posición estratégica en servicios satelitales móviles. Globalstar ya soporta funciones satelitales de Apple, como Emergency SOS en iPhone, y Amazon anunció que continuará esa relación. Para Amazon, la batalla no es únicamente por número de satélites; es por espectro, permisos regulatorios, ecosistema de dispositivos y control de la experiencia del usuario.

Lynk Global y Omnispace apuntan a un modelo más enfocado en mensajería, Internet de las Cosas y servicios de baja capacidad. Lynk ha firmado acuerdos comerciales con operadores como Vodafone Ghana, mientras que Omnispace aporta espectro móvil satelital coordinado internacionalmente. Su combinación puede ser relevante para mercados emergentes y aplicaciones industriales donde la prioridad no es velocidad, sino cobertura básica y confiable.

Iridium, Globalstar y otros actores de servicios satelitales móviles no deben verse como recién llegados. Llevan décadas conectando activos remotos, embarcaciones, aeronaves, sensores y dispositivos especializados. Lo nuevo es que el mercado empieza a moverse desde terminales propietarios hacia dispositivos de consumo y smartphones convencionales.

América Latina: oportunidad real, pero limitada

América Latina es un territorio ideal para esta tecnología porque combina mercados móviles grandes con geografías difíciles. Chile es el laboratorio natural: desierto, montaña, costa, islas y Patagonia. La alianza Entel-Starlink muestra cómo un operador puede mantener la relación comercial con el cliente y usar la capa satelital para extender su propia promesa de cobertura.

México, Brasil, Perú, Colombia y Argentina también tienen casos evidentes: zonas rurales, carreteras, selvas, operaciones mineras, agroindustria, energía, turismo de aventura y comunidades con baja densidad poblacional. En esos lugares, la conectividad directa al celular puede tener impacto real en seguridad, continuidad operativa y servicios públicos.

Pero no hay que confundir cobertura con adopción digital. La brecha latinoamericana no se explica solo por falta de señal. Muchos usuarios viven dentro de zonas cubiertas por redes móviles y siguen desconectados por costo, falta de dispositivos adecuados, baja alfabetización digital o ausencia de servicios relevantes. Ese problema no se resuelve desde el espacio. Requiere políticas públicas, modelos comerciales asequibles, educación digital e infraestructura terrestre.

Por qué importa para los operadores

Para los operadores móviles, la pregunta estratégica no es si los satélites van a reemplazar su red. No lo harán. La pregunta es quién controlará la relación con el cliente cuando la red terrestre desaparezca. Si el servicio satelital se vende directamente desde una aplicación o desde el fabricante del dispositivo, el operador pierde protagonismo. Si se integra al plan móvil, el operador conserva la relación, mejora su propuesta de valor y reduce el riesgo de churn en clientes que viven, trabajan o viajan sin cobertura.

El modelo más inteligente es complementario: el operador móvil como canal comercial, administrador de identidad, facturación, soporte y experiencia de usuario; el proveedor satelital como capa técnica adicional. Esto permite crear planes para consumidores rurales, empresas mineras, agricultura, logística, energía, gobierno, protección civil y turismo.

La oportunidad más inmediata quizá no esté en el consumidor masivo, sino en el Internet de las Cosas. Un sensor de ducto, una alarma en una carretera, un rastreador de carga, un medidor en una presa o un equipo agrícola no necesita Netflix; necesita enviar pocos datos de forma confiable. Ahí la conectividad satelital directa puede ser económicamente muy poderosa.

La dimensión regulatoria

La regulación será tan importante como la tecnología. Hay tres temas críticos. El primero es el espectro: algunos modelos usan bandas móviles licenciadas por operadores terrestres; otros dependen de espectro satelital móvil. En ambos casos se deben evitar interferencias y definir derechos claros de operación.

El segundo es la autorización de servicio. Cada país tendrá que decidir cómo licencia estos servicios, qué obligaciones impone, cómo se manejan emergencias, qué reglas aplican a numeración, roaming, interconexión, privacidad y calidad de servicio.

El tercero es la coordinación internacional. La conferencia mundial de radiocomunicaciones de 2027 será clave para definir nuevas reglas sobre espectro y redes satelitales no geoestacionarias. Mientras tanto, Estados Unidos ya avanzó con el marco de “Supplemental Coverage from Space” de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por sus siglas en inglés) referente para otros reguladores.

Para América Latina, el reto será evitar dos extremos: sobrerregular una innovación que puede cerrar zonas sin servicio, o permitir despliegues sin reglas claras que generen conflictos de espectro y concentración excesiva. La mejor política será promover acuerdos entre operadores móviles y proveedores satelitales, exigir transparencia técnica y mantener la soberanía regulatoria sobre el uso del espectro nacional.

La señal que llega del espacio

La conectividad directa al celular no es una solución mágica, pero sí es una de las innovaciones más importantes en telecomunicaciones de la última década. Su promesa no es llevar banda ancha urbana a todos los rincones del continente, sino ofrecer una capa básica de conectividad donde hoy no existe nada.

Para América Latina, eso ya es mucho. Puede significar seguridad en carreteras, comunicación en emergencias, monitoreo de activos, continuidad de operaciones y una nueva herramienta para conectar territorios históricamente olvidados. Los satélites no sustituirán las torres, la fibra ni las redes móviles. Pero sí pueden ampliar el mapa de lo posible. La conectividad universal no vendrá solo del cielo ni solo del suelo: vendrá de la combinación inteligente de ambos.

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Experto en TIC, es director TMT- SME Hispanoamérica de Deloitte. Ejecutivo, consultor y analista de la industria ICT y de telecomunicaciones, posee más de 30 años de experiencia en el liderazgo de iniciativas de tecnología, estrategia comercial y transformación digital en Estados Unidos y América Latina. Ocupó posiciones CxO y de alta dirección en compañías como Beyond Technology, Huawei, Iusacell/AT&T, Unefon, Globalstar, Nera y Verizon, en materia de redes, modelos de negocio, regulación, experiencia del cliente y adopción tecnológica. Cuenta con formación en Derecho, un diplomado en Mercadotecnia por el ITAM, México. También ha cursado programas ejecutivos en Customer Relationship Management por la Universidad de California, Berkeley, e Inteligencia Artificial aplicada a los negocios por el Massachusetts Institute of Technology.