El escudo y la ilusión: AST SpaceMobile, el S-1 de SpaceX y lo que los operadores de LATAM todavía pueden hacer

Este artículo es la cuarta y última entrega de la serie D2D: Conectividad Satelital en América Latina.

En las tres entregas anteriores de esta serie trazamos el mapa completo del problema. La primera estableció los límites físicos de la conectividad directa al celular: tecnología complementaria, no sustituta, con valor real en zonas sin cobertura terrestre. La segunda expuso el verdadero juego detrás de un posible operador móvil (MVNO, por sus siglas en inglés) de Starlink: la batalla no es por el tráfico de datos, es por la SIM, los datos que genera y la relación comercial con el cliente. La tercera fue más específica: el satélite puede representar solo el tres por ciento del tráfico de un usuario promedio en LATAM, pero ese tres por ciento es el 100 por ciento del argumento diferenciador, el 100 por ciento del control sobre el cliente y la puerta de entrada a cinco negocios —publicidad, inteligencia artificial (IA) autónoma, servicios financieros, entrenamiento de modelos y contratos enterprise— que no aparecen en ninguna factura de telecom. Esta cuarta entrega cierra el ciclo con la variable que faltaba: la respuesta que la industria está articulando, y si esa respuesta es suficiente.

En mayo de 2026, el S-1 de SpaceX se convirtió en la declaración más explícita que el mercado ha visto sobre las intenciones de Elon Musk respecto al negocio de telecomunicaciones. Al valuar su segmento de conectividad contra un mercado total de 1.6 billones de dólares, SpaceX no está señalando una alianza con los operadores móviles. Está señalando su reemplazo, en la mayor medida que la física permita. No en doce meses. Pero el arco de diez años es claro.

Frente a eso, la industria se ha organizado alrededor de un solo nombre: AST SpaceMobile. La pregunta que vale la pena responder con honestidad es si ese escudo alcanza y qué deben hacer los operadores latinoamericanos mientras tanto.

La declaración que cambió el marco

Desde el principio de esta serie hemos argumentado que el verdadero peligro del MVNO de Starlink no está en el porcentaje de tráfico satelital. Está en el control de la SIM y en el ecosistema de datos que se construye alrededor de ella. El S-1 de SpaceX confirma que ese argumento era correcto, y lo amplifica.

El documento no es sólo una presentación financiera para inversionistas. Es una declaración de posicionamiento estratégico. Al enmarcar su segmento de conectividad contra un TAM de 1.6 billones de dólares, SpaceX está diciéndole a los mercados —y a los reguladores— que su ambición no es ser un complemento del ecosistema de operadores móviles. Es ser el ecosistema. La infraestructura terrestre de los operadores existentes aparece en esa narrativa como un activo transitorio: útil mientras la densidad satelital no sea suficiente para prescindir de ella, prescindible en el horizonte de diez años.

Para entender la magnitud de eso en América Latina: el ingreso combinado de los principales operadores móviles de la región —Claro, Movistar, Telcel, TIM, Tigo, Personal y los operadores locales de los doce mercados principales— está en el orden de los 80 a 90.000 millones de dólares anuales. Todo eso está dentro del TAM que SpaceX se asignó a sí mismo en su prospecto de salida a bolsa. No una parte. Todo.

El timing importa. SpaceX no tendrá la densidad satelital necesaria para prescindir de redes terrestres en zonas urbanas en dos años. Probablemente tampoco en cinco. Pero el MVNO no necesita esa densidad para empezar a capturar lo que más importa: la SIM, la facturación al cliente final y el flujo de datos de comportamiento. Eso puede ocurrir mucho antes de que el primer satélite reemplace a la primera torre urbana.

AST SpaceMobile: quién es y qué está construyendo realmente

Fundada en 2017 por Abel Avellan, AST SpaceMobile no nació para competir con los operadores móviles. Nació para ser su infraestructura orbital. Esa diferencia de origen es estructural y tiene consecuencias en todo lo que la empresa hace: cómo se capitaliza, cómo negocia con socios, cómo diseña su tecnología y cómo posiciona su producto ante los reguladores.

La misión es técnicamente ambiciosa: conectar smartphones convencionales, sin modificación alguna, directamente a satélites en órbita baja. No terminales especializados. No equipos adicionales. El mismo iPhone o Galaxy que el usuario ya tiene en el bolsillo.

La arquitectura que lo hace posible

La diferencia técnica entre AST y Starlink no es de escala, es de diseño. Starlink usa miles de satélites pequeños bajo un enfoque de volumen: muchos nodos, señales más estrechas, cobertura por densidad. Es efectivo para mensajería y datos básicos, pero la potencia de transmisión limitada de un smartphone convencional —alrededor de 0.2 vatios— impone un techo a lo que esa arquitectura puede entregar sin modificar el dispositivo.

AST resuelve ese problema invirtiendo el diseño: en lugar de poner la inteligencia en el número de satélites, la pone en el tamaño de la antena. Sus satélites BlueBird de próxima generación despliegan arrays de antena de 2,400 pies cuadrados —cerca de 223 metros cuadrados— el mayor array de comunicaciones comerciales jamás desplegado en órbita baja. Esa apertura funciona como un receptor de alta ganancia capaz de captar y amplificar la señal débil de un smartphone desde 500 kilómetros de altitud.

El núcleo computacional que hace funcionar eso es el circuito integrado propietario AST5000, desarrollado a lo largo de 150 años-hombre de ingeniería. Procesa 10 GHz de ancho de banda instantáneo por satélite, maneja los corrimientos Doppler inherentes al vuelo en LEO, y entrega velocidades pico de 120 Mbps por celda de cobertura. En pruebas con sus satélites Block 1, AST alcanzó 98.9 Mbps de velocidad real sobre smartphones sin modificar. Para referencia: eso es velocidad de banda ancha residencial, no conectividad de emergencia.

La consecuencia de ese diseño es que el satélite de AST opera como una estación base celular en órbita, compatible con los estándares 3GPP de 4G y 5G. El smartphone del usuario no detecta una red diferente: detecta la red de su operador, con el satélite actuando como una celda más. El handover entre torre terrestre y satélite ocurre de forma transparente, igual que hoy ocurre entre celdas adyacentes en una red urbana.

Abel Avellan lo describe sin rodeos: “Nadie está remotamente cerca de la capacidad que tenemos técnicamente para entregar cientos de megabits directamente a un teléfono desde algo que vuela a 70,000 millas por hora a 500 kilómetros por encima de ti. Esa ventaja competitiva es única.”

El modelo de negocio: por qué los operadores son socios, no clientes

La estructura de capital de AST no es accidental. Sus inversionistas estratégicos incluyen AT&T, Verizon, Vodafone, Rakuten, Alphabet (con un 3.8 por ciento del capital), además de soporte institucional de Vanguard con cerca de 21.4 millones de acciones y BlackRock con 14.5 millones. El grupo Cisneros, uno de los conglomerados de medios y tecnología más importantes de América Latina, también figura como accionista estratégico.

Eso no es una lista de clientes. Es una lista de propietarios. Los principales operadores globales tienen un interés financiero directo en que AST tenga éxito como proveedor de infraestructura, y no como competidor. Esa alineación de incentivos es el mecanismo que AST usa para protegerse en un mercado donde de otro modo sería vulnerable.

El modelo de monetización es igualmente explícito: cuando un usuario se conecta a través de un satélite de AST, sigue usando su plan del operador y el ingreso generado se divide en una proporción de 50/50 entre AST y el operador. El usuario no firma ningún contrato con AST. No activa ningún servicio adicional. No cambia de operador. El operador mantiene la facturación, la relación comercial y el activo de datos. AST cobra por la capacidad satelital entregada.

Esa mecánica resuelve dos de los problemas más costosos del negocio de telecomunicaciones. Primero, el costo de adquisición de clientes: AST no invierte en marketing ni distribución; se apoya en las máquinas comerciales de sus 60 socios operadores globales. Segundo, el capex de cobertura remota: el operador puede extender su mapa de cobertura a zonas donde construir torres es económicamente inviable, sin poner un solo dólar de infraestructura terrestre.

La escala en 2026

A mayo de 2026, AST tiene seis satélites operativos en órbita. La meta para el cierre del año es llegar a entre 45 y 60 unidades, con lanzamientos programados cada uno o dos meses. En junio próximo, un Falcon 9 llevará los BlueBirds 8, 9 y 10; misión crítica que adquirió mayor urgencia tras la pérdida del BlueBird 7 en una anomalía del cohete New Glenn de Blue Origin, que derivó en una moratoria de la FAA sobre esa plataforma de lanzamiento.

Desde el lado de manufactura, la planta de 500,000 pies cuadrados en Midland, Texas, está procesando los BlueBirds 11 al 33 en este momento, con una cadencia que apunta a más de diez satélites por mes. AST reportó más de 70 millones de dólares en ingresos totales para 2025 con un margen bruto de 68,6 por ciento, y cerró una emisión de notas convertibles por 1.075 mil millones de dólares en febrero de 2026. La liquidez total disponible asciende a aproximadamente 3,900 millones de dólares, suficiente para sostener el capex anual estimado de 1,200 millones.

La FCC ya autorizó el servicio comercial de AST en Estados Unidos bajo el marco de Supplemental Coverage from Space, con capacidad para operar una constelación de hasta 248 satélites. Con cerca de 60 socios operadores globales que representan más de 3.000 millones de suscriptores, y compromisos contractuales de ingreso que superan los 1.200 millones de dólares, AST ha completado la transición de empresa de demostración a utilidad de infraestructura en proceso de escalamiento.

La inversión arquitectónica: por qué AST y Starlink no son el mismo juego

Para los operadores de LATAM, entender la diferencia estructural entre el modelo de AST y el de Starlink Direct to Cell (D2C) no es un tecnicismo. Es la clave de toda la estrategia.

Starlink opera su propia red satelital y la integra con operadores que le aportan espectro. El satélite de SpaceX usa las frecuencias licenciadas del operador para conectarse con el dispositivo del usuario final. La capa técnica satelital es de SpaceX. El operador es el habilitador de espectro y, en el mejor escenario para él, el canal comercial. Si SpaceX avanza hacia el MVNO, el operador deja de ser canal y se convierte en proveedor mayorista anónimo.

AST opera bajo una lógica diferente. Sus satélites actúan como estaciones base en órbita, integradas al núcleo de la red del operador como una celda más. El estándar es 3GPP. El espectro es del operador. La facturación es del operador. El cliente no percibe ninguna diferencia. En el modelo de Starlink, el riesgo es que SpaceX se quede con la SIM. En el modelo de AST, el operador retiene la SIM mientras AST opera la infraestructura que extiende su cobertura al espacio.

La distinción de Avellan sobre Amazon/Globalstar es relevante en ese contexto: “Básicamente, vemos esa capacidad como un sistema SOS de emergencia. Para proveer banda ancha real necesitas cientos de megahertz de espectro asignado… nuestro enfoque es banda ancha. Eso es una propuesta completamente diferente.” No es modestia corporativa, es un posicionamiento de producto que establece AST como la única alternativa de banda ancha directa al dispositivo con integración nativa al core de la red del operador.

Los tres modelos frente al operador de LATAM

VariableStarlink Direct to Cell / MVNOAST SpaceMobile
¿Quién factura al usuario?Starlink (MVNO) / operador (alianza)El operador siempre
¿Quién retiene los datos de comportamiento?SpaceX (MVNO) / operador (alianza)El operador
Capacidad del servicioMensajería, datos básicos4G/5G banda ancha real
Integración a red terrestreParalela, como roamingNativa, como celda adicional
Modelo financiero para el operadorCapex satelital cero; riesgo de ceder relación comercialRevenue sharing 50/50; capex satelital cero
Posición de SpaceX respecto al operadorPotencialmente predatoria (TAM de $1.6T)Estructuralmente complementaria

 

El veredicto honesto: escudo real, pero no solución permanente

El análisis de AST SpaceMobile que circula en comunidades de inversión y estrategia de telecomunicaciones converge en un punto incómodo pero correcto: AST es un bote salvavidas, no una bala de plata.

La distinción importa porque muchos operadores están tratando a AST como si resolver el problema de cobertura rural fuera suficiente para ganar la guerra estratégica. No lo es.

AST les da a los operadores tres cosas concretas y valiosas. Les da cobertura real sin capex terrestre en zonas donde construir torres es inviable. Les da retención de la relación comercial con el cliente incluso cuando está fuera de la red terrestre. Y les da una línea de defensa frente a SpaceX en la batalla por el mapa de cobertura. Esas tres cosas tienen valor real y son defendibles.

Lo que AST no puede hacer es revertir la commoditización estructural del negocio móvil. Ese proceso no lo generó SpaceX. Lo generaron dos décadas de competencia en precio, desintermediación digital y migración del valor hacia las plataformas de aplicaciones. Lo que SpaceX está haciendo es acelerar ese proceso y añadir una amenaza de captura de la SIM que antes no existía. AST bloquea esa captura, pero no devuelve el valor que ya migró.

Dicho de otro modo: con AST, los operadores pueden llegar al futuro todavía relevantes. Sin AST (o sin una respuesta equivalente) pueden llegar como infraestructura anónima. Pero llegar relevantes al futuro no es lo mismo que haber resuelto el problema de fondo. Es haber ganado tiempo para resolverlo.

AST SpaceMobile es el mecanismo que le permite a la industria de telecomunicaciones comprar tiempo para sobrevivir la era orbital. Lo que hagan con ese tiempo es la verdadera pregunta estratégica.

LATAM: la geografía perfecta, la posición regulatoria más expuesta

América Latina reúne condiciones que hacen de esta región uno de los mercados más relevantes para la siguiente etapa de la conectividad satelital. Geografía difícil, baja densidad de cobertura en territorios extensos, sectores industriales (minería, agroindustria, energía, logística) con necesidades críticas de conectividad en campo, y un mercado móvil de más de 700 millones de conexiones con penetración digital en expansión. Pero también reúne condiciones de vulnerabilidad específicas.

Los socios latinoamericanos de AST ya están identificados

Los acuerdos que AST SpaceMobile ha formalizado hasta la fecha incluyen operadores con presencia directa en América Latina. Sin embargo, uno de ellos requiere una lectura actualizada. Telefónica figura en la lista de socios de AST, pero su presencia latinoamericana ha cambiado radicalmente en los últimos doce meses. Bajo la gestión de Marc Murtra, quien asumió como CEO en enero de 2025, la compañía ejecutó una salida acelerada de Hispam: vendió sus operaciones en Argentina a Telecom Argentina por 1,245 millones de dólares, en Perú a Integra Tec International por apenas un millón de dólares, en Uruguay y Ecuador también en 2025, y en Colombia vendió el 65 por ciento de su operación a Millicom por alrededor de 400 millones de dólares.

En el primer trimestre de 2026, la operadora completó las salidas de Colombia y Chile, esta última vendida a Millicom y el fondo de Xavier Niel. La venta de México a Melisa Acquisition fue anunciada en abril de 2026. El propio Murtra lo declaró sin ambigüedad: el objetivo es concentrarse en Alemania, España, Reino Unido y Brasil (el único mercado latinoamericano que Telefónica considera estratégico a largo plazo). Dicho de otro modo, el acuerdo de Telefónica con AST es, en la práctica, un acuerdo de Vivo Brasil, no de un operador pan-regional.

La cobertura geográfica latinoamericana que ese acuerdo representaba en el papel ha quedado dramáticamente reducida. Millicom (Tigo) cubre Bolivia, Paraguay, Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia; y al absorber parcialmente la operación colombiana de Telefónica, amplia su exposición precisamente en los mercados con mayor proporción de territorio rural sin cobertura y menor escala para justificar expansión de torres. Telecom Argentina, que adquirió las operaciones de Movistar Argentina, consolida su posición en un mercado con enormes extensiones de la Pampa y la Patagonia sin cobertura viable. Liberty Latin America opera en Puerto Rico, República Dominicana, Jamaica, Panamá, Costa Rica y otros mercados del Caribe y Centroamérica.

El mapa resultante es diferente al que el ecosistema de socios de AST sugería hace un año. Con Telefónica replegada a Brasil, el peso latinoamericano del acuerdo recae sobre Millicom, Telecom Argentina y Liberty Latin America, tres operadores con presencia real pero sin la cobertura pan-regional que Telefónica Hispam representaba. Lo que sigue faltando en esa lista es igualmente revelador: los operadores que no tienen acuerdo con AST (y que dependen del modelo Starlink Direct to Cell como única opción de cobertura satelital) están en una posición estratégica más débil.

La ausencia más significativa en ese ecosistema es América Móvil. El operador dominante en México y el mayor de América Latina por número de suscriptores (con Telcel, Claro y sus marcas regionales presentes en diecisiete países de la región) no figura en ningún filing de AST SpaceMobile, en ninguna lista pública de socios operadores ni en ningún comunicado corporativo disponible a la fecha de esta publicación. Esa omisión no es un detalle menor. Es, en sí misma, un dato estratégico de primer orden.

Puede significar que América Móvil está evaluando sin comprometerse, esperando ver cómo escala la constelación antes de negociar desde una posición de necesidad. Puede significar que prefiere el modelo de Starlink Direct to Cell, que mantiene la relación de cobertura sin ceder un revenue sharing del 50 por ciento a un tercero. O puede significar que las negociaciones existen, pero no han llegado a acuerdo en términos. Lo que no puede significar, dado el tamaño del operador y la cobertura geográfica en juego, es indiferencia.

En México, Telcel opera en el mercado móvil más grande de habla hispana del mundo, con más del 60 por ciento de participación de mercado. Si ese operador llega a un acuerdo con AST, la capa satelital de banda ancha se integra a la red más extensa del país y el acceso rural se convierte en un activo de Telcel. Si no llega a ese acuerdo y Movistar México —filial de Telefónica— sí lo tiene operativo antes, la brecha de cobertura se invierte por primera vez en la historia competitiva del mercado mexicano. Y si América Móvil termina dependiendo únicamente del modelo Starlink, la relación con el cliente en zonas sin cobertura terrestre queda sujeta a la lógica de SpaceX, no a la suya. Cualquiera de esos tres escenarios tiene consecuencias que van más allá del mapa de señal.

La ventana regulatoria se está cerrando

El riesgo más subestimado en América Latina no es tecnológico. Es regulatorio, pero en un sentido diferente al que se discute habitualmente.

El peligro no es que los reguladores bloqueen a AST. Es que los operadores que no participen activamente en la definición del marco regulatorio de la cobertura satelital suplementaria terminen en un entorno diseñado por sus competidores. En México, la Comisión Reguladora de las Telecomunicaciones (CRT), que sustituyó al IFT en octubre de 2025 y opera bajo la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones del Ejecutivo federal, tendrá que definir si los satélites de AST que usan espectro licenciado de Movistar o Telcel son una celda adicional de esa red, un servicio satelital independiente o algo nuevo. Esa categorización determina quién puede participar, bajo qué condiciones y con qué obligaciones de servicio universal, portabilidad, localización de datos e interceptación legal.

En Brasil, Anatel enfrenta el mismo problema con Claro y TIM como socios potenciales de AST. En Colombia, Chile y Perú (donde Telefónica ya tiene relaciones con ambos proveedores satelitales) la pregunta es cuándo, no si, llegará esa conversación regulatoria. El operador que llegue al regulador con la propuesta técnica estructurada, los argumentos de política pública y el cronograma de implementación tendrá una ventaja sobre el que espere a que la autorización llegue sola.

La WRC-27 (Siglas de la Conferencia Mundial de Radiocomunicaciones de 2027) establecerá las reglas globales de espectro para redes no terrestres. Lo que las administraciones latinoamericanas presenten allí definirá el marco de la próxima década. Los operadores que no estén en esa conversación hoy no estarán en los resultados de 2028.

Lo que los operadores de LATAM deben hacer — con o sin AST

La agenda estratégica para los operadores latinoamericanos no es nueva. Las tres entregas anteriores de esta serie la han delineado desde distintos ángulos. Lo que cambia con el S-1 de SpaceX y con la consolidación del ecosistema de AST es la urgencia: ya no se trata de posicionarse para una amenaza futura. La amenaza tiene fecha, tiene estructura jurídica y tiene un documento de oferta pública que la cuantifica en 1.6 billones de dólares.

Cinco acciones definen la diferencia entre los operadores que saldrán fortalecidos de esta transición y los que terminarán como proveedores de capacidad anónima.

1. Negociar el acceso a AST desde una posición de activo, no de necesidad

Los operadores que lleguen a la negociación con AST después de que SpaceX tenga masa crítica en su mercado negociarán desde la debilidad. Los que lleguen ahora (con clientes, espectro, licencias, marca y relaciones regulatorias como activos de la mesa) pueden negociar condiciones que preserven el control de la relación con el usuario final. El modelo de revenue sharing 50/50 es la referencia de mercado actual, pero ese número no está grabado en piedra para mercados con dinámicas distintas. Lo que sí está claro es que quien llegue tarde tendrá menos palanca para moverlo.

2. Monetizar el activo de datos propio antes de que llegue la competencia

Claro, Telcel y Movistar tienen años de historial de movilidad, consumo y comportamiento de cientos de millones de usuarios. Ese activo no está siendo monetizado en su potencial real. El primer movimiento es construir la plataforma de datos propia (publicidad geolocalizada, inteligencia de mercado, scoring crediticio alternativo, servicios financieros) antes que Starlink llegue y haga exactamente lo mismo con los mismos usuarios bajo su propia SIM. El modelo M-Pesa en Kenia sigue siendo la referencia más citada y la menos imitada en América Latina. La ventana para ser el operador que llega antes que el banco no es permanente.

3. Construir propuestas verticales para los sectores de alto valor

La oportunidad más inmediata no está en el consumidor masivo. Está en las empresas y en los sectores industriales que necesitan conectividad continua y garantizada en campo: minería en Chile y Perú, agroindustria en Brasil y Argentina, logística y transporte en México y Colombia, energía en Venezuela y Ecuador, turismo en destinos de naturaleza en toda la región. Esos clientes pagan tarifas enterprise, tienen contratos plurianuales y no cambian de proveedor por precio. El operador que llegue primero con una propuesta de cobertura garantizada (usando la capa satelital de AST como parte invisible de su red) tiene una ventaja comercial que ningún recién llegado puede replicar de inmediato.

4. Presionar regulatoriamente por el principio de reciprocidad

El argumento regulatorio correcto es simple: mismos servicios, mismas reglas. Si Starlink factura al usuario final como operador móvil, debe contribuir al fondo de servicio universal, respetar la portabilidad numérica y cumplir con las obligaciones de localización de datos bajo legislación local. Si AST opera espectro de un operador licenciado en México, Colombia o Brasil como si fuera una celda de esa red, el marco regulatorio debe reflejar esa realidad técnica. Ninguna de esas posiciones es anticompetitiva. Son principios de equivalencia regulatoria que protegen tanto al usuario como a la inversión histórica de los operadores establecidos.

5. Organizar un frente común regional en datos

Ningún operador latinoamericano tiene la escala individual para competir con el dataset global que SpaceX construirá si logra posicionarse como MVNO en diez mercados simultáneamente. Pero los operadores regionales combinados sí tienen esa escala. Un consorcio de datos entre los principales operadores de los seis mercados más grandes de LATAM (sin necesidad de fusión, federando el activo de información bajo gobernanza compartida) crearía una masa crítica comparable. En Europa, los operadores han explorado esquemas similares frente a Google y Meta. En América Latina nadie lo ha ejecutado todavía. El S-1 de SpaceX es el catalizador que faltaba para que esa conversación ocurra.

El tiempo no es neutral

Las cuatro entregas de esta serie han seguido el mismo argumento desde perspectivas distintas. La física establece los límites de lo que puede hacer el satélite. La estrategia de Musk establece por qué esos límites no importan tanto como parecen, porque el valor real no está en los bits transmitidos sino en los datos generados. La respuesta de la industria establece que AST SpaceMobile es real, es funcional y es la contrapropuesta más coherente que existe frente al avance de SpaceX. Y este artículo cierra con la conclusión que todos esos elementos apuntan: el tiempo no es neutral.

Cada semana que un operador latinoamericano no tiene posición en la conversación de AST, cada trimestre que no construye su plataforma de datos, cada ciclo regulatorio que deja pasar sin participar activamente, es tiempo que trabaja a favor de SpaceX. No porque SpaceX esté ganando ya —todavía no— sino porque cada retraso del operador reduce su palanca de negociación y amplía la ventaja del que llega con más escala, más datos y menos dependencia de acuerdos locales.

AST SpaceMobile es el mecanismo más concreto que la industria tiene hoy para comprar ese tiempo. Pero comprar tiempo solo tiene sentido si se usa. La pregunta que define la próxima etapa de la movilidad en América Latina no es si los satélites van a ganar. Es quién va a estar al otro lado de la mesa cuando eso ocurra.

Los operadores que lleguen a esa mesa con clientes, datos, espectro y posición regulatoria activa seguirán siendo actores. Los que lleguen sin esos activos serán la infraestructura de alguien más.

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Experto en TIC, es director TMT- SME Hispanoamérica de Deloitte. Ejecutivo, consultor y analista de la industria ICT y de telecomunicaciones, posee más de 30 años de experiencia en el liderazgo de iniciativas de tecnología, estrategia comercial y transformación digital en Estados Unidos y América Latina. Ocupó posiciones CxO y de alta dirección en compañías como Beyond Technology, Huawei, Iusacell/AT&T, Unefon, Globalstar, Nera y Verizon, en materia de redes, modelos de negocio, regulación, experiencia del cliente y adopción tecnológica. Cuenta con formación en Derecho, un diplomado en Mercadotecnia por el ITAM, México. También ha cursado programas ejecutivos en Customer Relationship Management por la Universidad de California, Berkeley, e Inteligencia Artificial aplicada a los negocios por el Massachusetts Institute of Technology.

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