El Caribe tiene cobertura, pero la ecuación para dar el siguiente salto digital todavía no cierra

El Caribe ha conseguido llevar Internet móvil a nueve de cada diez habitantes, pero casi la mitad sigue sin utilizarlo. Ahora, el avance de 5G abre un segundo desafío: financiar una nueva generación de redes cuyo valor para la economía supera ampliamente el retorno que pueden capturar los operadores.

Hasta hace poco, el desafío de las telecomunicaciones en el Caribe podía explicarse fundamentalmente como un problema de cobertura. La fragmentación geográfica, el reducido tamaño de muchos mercados y unos costes de despliegue elevados hacían especialmente difícil extender las redes móviles a toda la población. Esa fotografía ha cambiado. Hoy alrededor del 10 por ciento de los habitantes de la región permanece fuera de la cobertura de Internet móvil, pero haber reducido esa brecha no ha producido un avance equivalente en el número de personas que realmente utilizan la conectividad disponible. Otro 49 por ciento de la población vive bajo cobertura y, sin embargo, no utiliza Internet móvil, mientras que solo el 41 por ciento está efectivamente conectado. La principal brecha digital del Caribe se encuentra así cada vez menos en la disponibilidad de la red y cada vez más en la capacidad de convertir esa disponibilidad en uso, concluye el último informe de la GSMA Intelligence.

El cambio obliga a replantear una política de conectividad que durante mucho tiempo estuvo orientada principalmente a extender infraestructura. Construir más red sigue siendo necesario allí donde todavía no existe, pero difícilmente resolverá una brecha cuyo origen se encuentra ahora sobre todo en la asequibilidad de dispositivos y servicios, las capacidades digitales de la población y la existencia de contenidos suficientemente relevantes para justificar el gasto. El Caribe ha avanzado considerablemente en la oferta de conectividad sin conseguir generar una adopción equivalente, una situación especialmente delicada porque llega precisamente cuando la industria debe afrontar otro ciclo de inversión para extender 5G a mercados cuya economía ya hacía difícil rentabilizar las generaciones anteriores.

La paradoja resulta mayor cuando se observa el peso que el móvil ha alcanzado en la economía regional. En 2025, las tecnologías y servicios móviles generaron 21.000 millones de dólares de valor económico, equivalentes al 8,1 por ciento del producto interior bruto del Caribe, y soportaron alrededor de 170.000 puestos de trabajo. La composición de esos 21.000 millones ayuda además a entender dónde se genera buena parte del valor de la conectividad: unos 14.000 millones corresponden a efectos de productividad, mientras que la contribución directa del ecosistema móvil se sitúa alrededor de 6.000 millones. La diferencia es relevante para el debate sobre la siguiente fase de inversión porque una parte sustancial del beneficio económico asociado a las redes aparece en forma de mayor productividad en el resto de la economía y, por tanto, no se traduce automáticamente en mayores ingresos para quienes deben financiar la infraestructura.

Esa tensión se hace más evidente al mirar hacia 2030. Los ingresos de los operadores pasarán de unos 5.900 millones de dólares en 2025 a 6.100 millones al final de la década, un crecimiento muy reducido para un periodo durante el cual deberán acometer inversiones de capital cercanas a 4.000 millones. Al mismo tiempo, la contribución económica del móvil aumentará hasta aproximadamente 23.000 millones de dólares, impulsada por las mejoras de productividad y eficiencia asociadas a una mayor utilización de tecnologías como 5G, Internet de las cosas (IoT) e inteligencia artificial (IA). La infraestructura seguirá creando valor para la economía caribeña, pero las previsiones de ingresos muestran que transformar una parte suficiente de ese valor en capacidad financiera para continuar modernizando las redes será considerablemente más complicado.

Es precisamente en esa tensión donde debe situarse el desarrollo de 5G en el Caribe. La tecnología representa alrededor del 10 por ciento de las conexiones móviles en 2025 y llegará al 23 por ciento en 2030, cuando América Latina estará alrededor del 50 por ciento y Norteamérica cerca del 89 por ciento. La comparación regional es significativa, aunque el promedio caribeño esconde diferencias todavía mayores dentro del propio territorio. Puerto Rico alcanzará una adopción 5G del 85 por ciento al final de la década, mientras Trinidad y Tobago llegará al 28 por ciento y Jamaica al 21 por ciento. Entre los tres mercados concentrarán más del 65 por ciento de todas las conexiones 5G del Caribe, dejando al resto repartiendo una fracción relativamente pequeña de los 5,9 millones de accesos previstos para 2030.

La consecuencia será un desarrollo a distintas velocidades que responde menos a la disponibilidad de la tecnología que a la economía de cada mercado. Allí donde la escala, los ingresos disponibles y las condiciones de inversión permiten justificar una transición rápida, 5G avanzará de manera relativamente convencional; en otros territorios, mantener una infraestructura moderna puede resultar necesario desde el punto de vista económico y social sin ser igualmente atractivo desde el financiero. La geografía acentúa esa diferencia porque desplegar una red para atender poblaciones reducidas y dispersas entre distintas islas limita las economías de escala disponibles en mercados continentales, mientras que la exposición a huracanes y otros fenómenos naturales introduce además exigencias adicionales de redundancia y resiliencia.

El informe permite dimensionar hasta qué punto esa dificultad es estructural. Para que los mercados del Caribe alcanzaran niveles de cobertura 5G comparables con los mercados líderes de la propia región sería necesaria una inversión cercana a 1.000 millones de dólares. Sin embargo, bajo las condiciones actuales, GSMA Intelligence estima que solo alrededor de la mitad de esa inversión sería comercialmente recuperable mediante los ingresos de los operadores. No conviene convertir mecánicamente esas dos aproximaciones en un déficit exacto, pero sí muestran una diferencia sustancial entre el nivel de despliegue que puede sostener el mercado y aquel que sería necesario para evitar que una parte de la región quede rezagada durante la transición hacia 5G.

El problema no consiste, por tanto, en que 5G carezca de valor económico en esos mercados, sino en que el retorno social y económico de una red puede ser mucho mayor que el retorno financiero que recibe la compañía encargada de construirla. Una mejor conectividad puede elevar la productividad de hoteles y comercios, facilitar pagos digitales, mejorar la logística, permitir nuevos servicios públicos o hacer más competitiva una economía dependiente del turismo, pero ninguno de esos beneficios garantiza por sí mismo que el operador pueda elevar proporcionalmente sus ingresos. El Caribe convierte así en particularmente visible una discusión que afecta a toda la industria de telecomunicaciones: cómo financiar una infraestructura cuyo valor se distribuye por el conjunto de la economía cuando una parte considerable de ese valor no regresa directamente a quien realiza la inversión.

Esta dificultad ayuda también a explicar por qué la transformación tecnológica del Caribe probablemente será menos lineal que la tradicional sucesión de generaciones móviles. Mientras 5G avanza de manera desigual, la IA ya está encontrando aplicaciones que requieren inversiones diferentes y pueden ofrecer retornos más inmediatos. Unos 23 operadores, equivalentes al 38 por ciento de los analizados por GSMA Intelligence, han desplegado al menos una herramienta de IA, aunque por ahora la adopción está extraordinariamente concentrada en la atención al cliente. El 35 por ciento utiliza herramientas de este tipo para esa función y apenas el tres por ciento aparece empleando otras aplicaciones, una distribución que sitúa a la región todavía lejos de la visión de redes ampliamente autónomas que domina buena parte del discurso internacional sobre IA en telecomunicaciones.

Sin embargo, esa concentración inicial también responde a la economía particular de estos mercados. Allí donde los costes de infraestructura pesan más sobre cada cliente, automatizar la atención, reducir llamadas, anticipar fallos, gestionar mejor el fraude o aumentar la eficiencia operacional puede resultar más atractivo que perseguir inmediatamente nuevas fuentes de ingresos todavía inciertas. La evolución hacia mantenimiento predictivo y optimización automática de las redes podría adquirir por ello una relevancia especial en el Caribe. Si la IA consigue reducir el coste de operar infraestructuras distribuidas entre numerosos territorios, su primera gran aportación regional podría producirse por el lado de la eficiencia, ayudando a mejorar la economía de las redes existentes antes incluso de generar una nueva categoría relevante de servicios.

Una lógica parecida está modificando el papel del satélite. En una región compuesta por islas y expuesta regularmente a fenómenos meteorológicos extremos, las constelaciones de órbita terrestre baja y la conectividad directa al dispositivo empiezan a convertirse en un complemento de las redes móviles terrestres. Liberty Caribbean colaboró con Starlink Direct to Cell (D2C) para proporcionar conectividad de emergencia en Jamaica después del huracán Melissa, permitiendo servicios básicos de mensajería a clientes de Flow en zonas donde la infraestructura terrestre había quedado dañada. Orange y Eutelsat, por su parte, han instalado en Martinica un punto de acceso de OneWeb con 14 antenas de órbita terrestre baja destinado a extender conectividad por la región. Son iniciativas todavía limitadas, pero apuntan hacia una arquitectura en la que la resiliencia dependerá cada vez más de combinar infraestructuras en lugar de exigir a una única red terrestre que resuelva todos los escenarios.

El satélite tampoco elimina, sin embargo, la necesidad de continuar invirtiendo en redes móviles. La conectividad directa al dispositivo puede proporcionar una capa básica en lugares remotos o mantener determinadas comunicaciones durante una emergencia, pero no sustituye la capacidad necesaria allí donde se concentra el tráfico. El Caribe seguirá necesitando bandas bajas para ampliar cobertura y bandas medias para proporcionar capacidad, lo que convierte la política de espectro en otra pieza de una ecuación económica que ya resulta complicada. La banda de 3,5 GHz desempeña actualmente un papel central en los despliegues 5G, mientras 600 MHz puede contribuir a reducir el coste de la cobertura y 6 GHz empieza a formar parte de la planificación de capacidad futura.

Precisamente por tratarse de mercados pequeños, las decisiones sobre espectro pueden tener consecuencias proporcionalmente mayores que en economías de gran escala. La armonización con las bandas utilizadas internacionalmente permite beneficiarse de economías globales en dispositivos y equipamiento, mientras que una planificación con varios años de anticipación proporciona a los operadores mayor certeza sobre futuras asignaciones y renovaciones. En este contexto, la política de espectro deja de ser únicamente un mecanismo para administrar un recurso escaso y pasa a formar parte de una estrategia destinada a reducir el coste de construir y operar las redes, algo particularmente relevante cuando las previsiones ya indican que el retorno comercial será insuficiente para justificar determinados despliegues.

El mismo razonamiento alcanza a unos marcos regulatorios que, en muchos casos, fueron diseñados durante las décadas de 1990 y 2000 para resolver problemas muy diferentes. Entonces la prioridad consistía en liberalizar mercados, introducir competencia y construir instituciones capaces de supervisarla; ahora el reto incluye además crear condiciones que permitan mantener la inversión en mercados pequeños, reducir una brecha de uso que afecta a casi la mitad de la población cubierta e incorporar tecnologías que desdibujan las fronteras tradicionales entre redes terrestres, satelitales y servicios digitales. La compartición voluntaria de infraestructura, la simplificación de permisos, una mayor previsibilidad en la asignación de espectro y las asociaciones entre el sector público y privado adquieren así una importancia que va mucho más allá de acelerar un despliegue concreto de 5G.

Eso no significa que cualquier diferencia entre la inversión necesaria y el retorno comercial deba convertirse automáticamente en financiación pública. Antes existe un margen considerable para reducir todo aquello que encarece innecesariamente el despliegue, desde la fragmentación del espectro hasta la duplicación de infraestructura o los procesos administrativos. Solo después de reducir esos costes puede determinarse dónde continúa existiendo una brecha estructural entre lo que resulta comercialmente viable y lo que cada mercado considera necesario para su desarrollo digital. Allí donde esa diferencia permanezca, la discusión tendrá que abordar de manera más explícita quién financia una infraestructura cuyos beneficios se distribuyen entre sectores, empresas, gobiernos y ciudadanos mucho más allá del operador que la construye.

El Caribe llega así a una etapa considerablemente más compleja de su desarrollo digital que aquella en la que el objetivo principal consistía en extender cobertura. Por un lado, las redes de Internet móvil alcanzan ya a alrededor de nueve de cada diez habitantes, pero casi la mitad de la población continúa sin utilizarlas pese a encontrarse bajo su cobertura. Por otro, la región necesita iniciar una nueva etapa de inversión para evitar que 5G quede concentrado en unos pocos mercados, aunque las propias previsiones muestran que una parte importante de esa infraestructura difícilmente podrá justificarse utilizando exclusivamente los ingresos adicionales que genere para los operadores. Resolver la primera brecha exige trabajar sobre asequibilidad, dispositivos, capacidades digitales y relevancia de los servicios; resolver la segunda requiere reducir los costes de inversión y encontrar mecanismos capaces de reconocer que el valor generado por una red se extiende mucho más allá de la industria que la financia.

Ambos problemas terminan encontrándose en el mismo punto. Resulta difícil justificar nuevas inversiones cuando una parte tan grande de la infraestructura disponible todavía no se convierte en usuarios, y resulta igualmente difícil aumentar la adopción si dispositivos, servicios y conectividad continúan fuera del alcance de una parte de la población. La próxima fase de las telecomunicaciones caribeñas dependerá por ello menos de la velocidad con la que aparezca una nueva tecnología que de conseguir que inversión, adopción y creación de valor comiencen a avanzar de manera más acompasada. El Caribe ha recorrido buena parte del camino para llevar Internet móvil hasta su población; ahora necesita conseguir que esa población lo utilice y, mientras lo hace, encontrar una economía capaz de financiar la red que tendrá que venir después.

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Cuenta con más de 22 años de experiencia cubriendo el sector de las telecomunicaciones para América Latina. El Sr. Junquera ha viajado constantemente alrededor del mundo cubriendo los eventos de mayor relevancia para la industria en América, Europa y Asia. Su experiencia académica incluye un BA en periodismo escrito por la Universidad de Suffolk en Boston, MA, y un Master en Economía Internacional en la misma institución.

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