La industria de las telecomunicaciones lleva meses discutiendo cómo evitar que 6G repita algunos de los errores que acompañaron al despliegue de 5G. Los operadores quieren arquitecturas más sencillas, menos alternativas de migración y mayor reutilización de infraestructura, todo más que razonable y bien harían los fabricantes en tomar nota. Hasta ahora, estas reclamaciones se habían articulado mediante documentos técnicos y recomendaciones a los organismos de estandarización. Pero la Next Generation Mobile Networks Alliance (NGMN) acaba de dar un paso adicional que convierte esas aspiraciones en una pregunta bastante más directa para los fabricantes: ¿pueden garantizar que la transición de 5G a 6G funcionará sobre el hardware que los operadores ya tienen desplegado?
Esta semana, NGMN anunció una consulta formal a los proveedores de infraestructura para determinar si Multi-RAT Spectrum Sharing (MRSS), su mecanismo preferido para facilitar la coexistencia de 5G y 6G, puede operar utilizando los equipos actuales y las bandas de frecuencia existentes sin provocar efectos adversos sobre el rendimiento. La organización quiere que los fabricantes aporten evidencias sobre el comportamiento de esta solución en sus actuales carteras de productos de RAN, incluyendo posibles limitaciones en las configuraciones soportadas.
La iniciativa llega antes de la reunión plenaria de diciembre del 3rd Generation Partnership Project (3GPP), donde continuará el debate sobre las opciones de migración hacia 6G. NGMN pretende utilizar las respuestas confidenciales de los fabricantes para actualizar sus recomendaciones antes de esa cita y determinar si resulta necesario estandarizar mecanismos adicionales a MRSS. Su posición es clara, aunque condicionada: si esta solución cumple los requisitos de rendimiento y coste total de propiedad (TCO, por sus siglas en inglés), debería convertirse en la única opción de migración.
Para entender la importancia de este movimiento hay que retroceder siete meses, cuando NGMN publicó dos documentos que analizamos en TeleSemana.com. Aquellos informes planteaban que la próxima generación móvil no debía construirse mediante una acumulación de arquitecturas, opciones técnicas y sucesivas fases de implementación. La experiencia de 5G había demostrado que la flexibilidad tecnológica puede terminar convirtiéndose en una carga económica y operativa para quienes deben desplegar las redes.
Hace dos meses, NGMN insistió en esta cuestión mediante una actualización de sus recomendaciones publicada antes de la plenaria de 3GPP. La organización confirmó su preferencia por MRSS, aunque reconoció interrogantes relacionados con su rendimiento, compatibilidad con el equipamiento existente y coste de implementación. Las alternativas adicionales únicamente deberían considerarse cuando respondieran a necesidades concretas y pudieran justificar la complejidad que introducirían en el estándar.
En nuestro análisis planteábamos que la verdadera discusión no consistía en determinar cuántas opciones tecnológicas podía desarrollar la industria, sino cuáles merecían convertirse en parte del estándar. También señalábamos una tensión estructural entre los intereses de operadores y fabricantes. Los primeros necesitan proteger sus inversiones y controlar los costes, mientras que los segundos cuentan con una enorme capacidad de investigación y desarrollo para impulsar diferentes aproximaciones tecnológicas, algunas de las cuales ofrecen oportunidades de diferenciación y comercialización de nuevos productos.
El comunicado de octubre representa una evolución respecto de aquellos antecedentes. NGMN ya no se limita a establecer criterios para evaluar alternativas. Ahora solicita directamente a los fabricantes información para decidir si deberían mantenerse abiertas otras rutas de migración. Es un cambio significativo porque traslada la discusión desde las preferencias arquitectónicas hacia las capacidades reales del equipamiento desplegado y sus consecuencias económicas.
MRSS pretende facilitar que 5G y 6G compartan dinámicamente recursos espectrales, evitando una separación rígida entre ambas generaciones durante el periodo de coexistencia. Para un operador, eso podría significar aprovechar las bandas ya utilizadas por 5G e introducir gradualmente capacidades 6G sin tener que reservar grandes bloques de espectro exclusivamente para la nueva tecnología.
Sin embargo, compartir espectro no equivale automáticamente a reutilizar toda la infraestructura. Que dos tecnologías puedan coexistir en determinadas frecuencias no significa que los equipos instalados dispongan de suficiente capacidad de procesamiento o flexibilidad para soportar esa coexistencia sin modificaciones importantes. Tampoco garantiza que el mecanismo no introduzca pérdidas de eficiencia o compromisos de rendimiento.
De hecho, las recomendaciones de septiembre identificaban cuestiones técnicas todavía pendientes, como la sobrecarga de señalización, la asignación dinámica de recursos entre usuarios 5G y 6G, la posibilidad de compartir capacidad de procesamiento de banda base y la compatibilidad con diferentes modalidades de espectro y agregación de portadoras. Son aspectos que afectan tanto al diseño del estándar como a las posibilidades reales de implementación sobre los productos existentes.
Y precisamente ahí reside el interrogante que NGMN quiere despejar. Si MRSS funciona adecuadamente, pero exige sustituir una parte considerable de los equipos desplegados, sus ventajas económicas podrían reducirse. Si puede activarse mediante actualizaciones sobre determinados productos, pero no sobre otros, los operadores podrían enfrentarse a escenarios de migración diferentes según su infraestructura o proveedor contratado. Y si introduce penalizaciones relevantes de rendimiento, la aparente simplicidad arquitectónica podría esconder costes difíciles de justificar.
Laurent Leboucher, presidente del consejo de administración de NGMN y director de tecnología y vicepresidente ejecutivo de redes de Orange, reconoce que todavía existe incertidumbre sobre la capacidad del equipamiento 5G instalado para soportar MRSS. Esa incertidumbre impide, según el ejecutivo, tomar decisiones suficientemente fundamentadas dentro de 3GPP. Leboucher también advierte que la solución elegida determinará tanto la experiencia de los clientes de ambas generaciones como el coste del despliegue de 6G.
Su referencia a la necesidad de aprender de la introducción de 5G resulta especialmente reveladora. La arquitectura Non-Standalone (NSA) permitió acelerar los primeros despliegues comerciales aprovechando elementos del núcleo de red 4G. Posteriormente, los operadores tuvieron que abordar la evolución hacia 5G Standalone (SA), incorporando nuevas capacidades y enfrentándose a una transición que, en numerosos mercados, todavía no ha concluido. Aquella flexibilidad ayudó a lanzar 5G antes, pero también dejó una evolución arquitectónica más prolongada y compleja.
La consulta introduce además un elemento interesante en la relación entre fabricantes y operadores. Los proveedores deberán aportar información sobre el impacto de MRSS en sus carteras actuales, mientras que los operadores utilizarán esas respuestas para determinar si existen razones suficientes para mantener abiertas otras rutas. No significa que NGMN vaya a imponer unilateralmente una solución a 3GPP, pero sí supone un intento de orientar la discusión a partir de evidencias económicas y técnicas. La confidencialidad de las respuestas podría facilitar el intercambio de información sensible, aunque también limitará la transparencia sobre las capacidades de cada fabricante.
Por ahora, el comunicado no ofrece resultados de pruebas, identifica productos compatibles ni establece qué proporción del equipamiento 5G podría reutilizarse. Tampoco confirma que MRSS vaya a convertirse definitivamente en la única ruta de migración. NGMN está solicitando precisamente la información necesaria para resolver esas cuestiones.
La secuencia resulta significativa. Hace siete meses, NGMN reclamó una evolución hacia 6G más sencilla y sostenible. Hace dos, concretó su preferencia por MRSS y estableció que cualquier alternativa adicional debía justificar su existencia. Ahora pide a los fabricantes que demuestren si esa preferencia puede materializarse utilizando la infraestructura que los operadores ya han comprado.
En nuestros análisis anteriores nos preguntábamos si esta vez la industria escucharía las advertencias de los operadores o si 6G acabaría repitiendo la dinámica de generaciones anteriores. El movimiento de NGMN todavía no permite responder a esa pregunta, pero demuestra un intento de pasar de las declaraciones de principios a una discusión respaldada por evidencias concretas.
Después de años reclamando que cada nueva generación móvil sea más sencilla, los operadores parecen haber encontrado una manera bastante práctica de comprobar si esa promesa tiene posibilidades de cumplirse: pedir a los fabricantes que demuestren lo que realmente puede hacerse con el equipamiento que ya les vendieron. La siguiente prueba será comprobar qué decisiones toma la industria cuando esas evidencias estén sobre la mesa.
