Las telcos generan la inteligencia, pero otros la venden ¿cómo cambiar esta realidad?

Una visión audaz propone que los operadores lideren la economía de la IA con datos y capacidades únicas. Pero transformar esa promesa en negocio enfrenta obstáculos estructurales que van más allá de la tecnología.

Las telcos fueron invitadas a la fiesta de la inteligencia artificial (IA), pero no para brindar con los anfitriones. Llegaron tarde, se sentaron al fondo y, cuando llegó la cuenta, alguien les pasó la factura y, lo que es peor, pagaron. Así lo plantea Sebastian Barros, ex-Google, ex-Ericsson y hoy Managing Director para América Latina en Circles, una empresa tecnológica que busca reinventar cómo los operadores se relacionan con los clientes digitales.

En un post reciente de LinkedIn que ha generado tracción entre ejecutivos de la industria, Barros denuncia una asimetría estructural y es que mientras las grandes tecnológicas empaquetan modelos generalistas de IA y los revenden como capas premium de inteligencia, los operadores —que alimentan esas mismas capas con datos reales— son tratados como simples clientes de integración.

La crítica no es solo retórica. La paradoja es tangible. Las redes móviles están bañadas en contexto ya que cada patrón de movilidad, cada salto entre celdas, cada latencia atípica o pico de congestión es una señal sobre cómo se mueve y se comporta la sociedad. Esos datos no se pueden simular. Son el terreno donde la IA quiere aterrizar. Y sin embargo, esa infraestructura permanece silenciada, sin una narrativa clara de valor, sin productos que traduzcan su potencial en activos estratégicos para el ecosistema digital.

La propuesta de Barros es tan simple como revolucionaria: invertir el rol de las telcos en la cadena de valor de la IA. De consumidores a proveedores. De clientes finales a plataformas nativas. No se trata de que los operadores compitan con OpenAI, sino de que ofrezcan al ecosistema capacidades críticas que hoy nadie más puede proveer, como por ejemplo grafos de movilidad a escala urbana, señales de densidad poblacional en tiempo real, autenticación SIM como raíz de confianza, APIs contextuales que informen a los modelos dónde están y qué condiciones de red enfrentan, y hasta testbeds sintéticos para validar agentes autónomos en condiciones reales de red.

Todas estas funciones, sostiene Barros, ya existen de forma dispersa dentro de las telcos. Lo que falta es empaquetarlas, estandarizarlas, comercializarlas. En esencia, convertirlas en señales vendibles y servicios útiles para la economía de la IA. Y hacerlo antes de que, una vez más, otros construyan valor sobre infraestructura que no les pertenece.

Pero aquí es donde la audacia de la visión choca con una realidad más terrenal. Ejecutar esta hoja de ruta es, en el mejor de los casos, difícil. Y en el peor, transformacional. Porque no se trata de un reto técnico, sino de un desafío organizacional, cultural, regulatorio y comercial que obliga a las telcos a salir de su zona de confort.

Para empezar, hay que asumir que muchas operadoras no están estructuradas para innovar con velocidad ni para crear productos de datos. Están diseñadas para garantizar estabilidad, escalar operaciones masivas y cumplir con marcos regulatorios estrictos —quizá ese sea el problema pero un león no se puede convertir en águila sin años de evolución.

La creación de servicios modulares, expuestos vía APIs y dirigidos a terceros con necesidades dinámicas, requiere romper silos internos, reorganizar equipos y atraer talento escaso en ciencia de datos, monetización de APIs y venta B2B de alto valor. Todo ello en un contexto donde los equipos de red, TI y comercial rara vez trabajan con agendas sincronizadas.

Luego está la cuestión legal. Los datos que podrían alimentar la IA son, en muchos casos, sensibles o regulados. La privacidad, la geolocalización, el comportamiento del usuario y todo eso exige un marco legal robusto y la confianza activa del consumidor. Las telcos no solo deberán navegar este terreno minado con precisión quirúrgica, sino también liderar procesos de lobby para actualizar normativas que no fueron escritas pensando en estas nuevas formas de monetización. Ninguna API vale lo que su reputación ante un escándalo de uso indebido.

A eso se suma la dificultad de diseñar nuevos modelos comerciales. Las telcos están acostumbradas a vender conectividad, planes y servicios cerrados. Vender acceso a señales dinámicas, validaciones de agentes o inferencia en el borde es otra historia. Requiere interlocutores distintos, ciclos de venta distintos, precios flexibles, garantías de servicio, y sobre todo, un equipo comercial que hable el lenguaje de la IA, no solo el de la red. Pasar de vender minutos a vender un producto sin orden, caótico, es, en sí mismo, un cambio de paradigma.

Finalmente, está el intangible pero poderoso tema de la percepción. Las grandes tecnológicas llevan años ocupando el espacio simbólico de la innovación. Las telcos, por el contrario, siguen vistas como infraestructura de soporte. Cambiar esa narrativa exige no solo tecnología, sino casos de uso concretos, alianzas estratégicas y una presencia activa en las mesas donde se define el futuro digital. Ninguna API venderá sola si el cliente no cree que quien la ofrece tiene autoridad en ese ámbito.

Todo esto no anula la propuesta de Barros. Al contrario, la enmarca con mayor urgencia. Si el salto a la economía de la IA requiere esta transformación organizacional profunda, entonces cuanto antes se inicie el proceso, mejor. Porque lo que está en juego no es un nuevo flujo de ingresos marginales, sino el lugar que ocuparán los operadores en la infraestructura cognitiva que definirá los próximos veinte años.

En una escala del uno al diez, la dificultad de implementar esta visión se mueve entre el siete y el ocho. Es compleja, sin duda. Pero también es estratégica, inevitable y, en cierto modo, existencial. La infraestructura digital ya no puede conformarse con transportar datos. Tiene que aspirar a ser parte de la inteligencia que los interpreta. De lo contrario, seguirá siendo el canal por el que otros transitan y cobran —seguirá siendo la tubería tonta y en la era de la IA, ser tonto no será buen negocio.

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Cuenta con más de 22 años de experiencia cubriendo el sector de las telecomunicaciones para América Latina. El Sr. Junquera ha viajado constantemente alrededor del mundo cubriendo los eventos de mayor relevancia para la industria en América, Europa y Asia. Su experiencia académica incluye un BA en periodismo escrito por la Universidad de Suffolk en Boston, MA, y un Master en Economía Internacional en la misma institución.