Las gafas SPECS abren un nuevo negocio para las telcos, pero también una vieja trampa

Verizon, Orange y EE conectarán el nuevo dispositivo de Snap. Las APIs de red pueden ampliar la monetización, aunque no está claro que eviten repetir lo ocurrido con el smartphone.

Se viene una nueva generación de dispositivos conectados que puede abrir a los operadores vías de negocio que hace pocos años apenas existían. Gafas de realidad aumentada, inteligencia artificial (IA) permanente, aplicaciones que interactúan con el mundo físico y servicios que necesitarán conectividad, identidad, localización, seguridad o determinadas garantías de red. Para una industria que lleva años buscando cómo monetizar algo más que el acceso, cuesta imaginar un escenario más prometedor. Pero cuidado, porque también están apareciendo los ingredientes de una vieja trampa que al sector de telecomunicaciones ya le ha costado, por lo menos, dos décadas: proporcionar la infraestructura imprescindible para que nazca una nueva economía digital y terminar capturando una fracción pequeña del valor que esa economía genera.

Las nuevas SPECS de Snap son un buen lugar para observar cómo podría empezar a repetirse la historia. Ni siquiera sabemos todavía si estas gafas serán un éxito, pero llegan acompañadas desde el lanzamiento por acuerdos con tres operadores: Verizon en Estados Unidos, Orange en Francia y EE en Reino Unido. En Estados Unidos, Verizon es el socio exclusivo anunciado para la conectividad celular y su comercialización asociada. El operador ofrecerá además financiación a 36 meses y planes específicos para conectarlas desde diez dólares mensuales. A primera vista, es exactamente el tipo de noticia que las telcos llevan años esperando: aparece una nueva categoría de dispositivo y, desde el primer día, el operador está dentro del negocio y genera un nuevo ingreso recurrente, pero por conectividad.

Para entender dónde puede estar la trampa hay que mirar primero qué está intentando construir Snap. SPECS no se presenta simplemente como otro wearable conectado al smartphone. Las gafas incorporan capacidad de computación y un sistema operativo propio diseñado para interactuar mediante la voz y las manos. Según Snap, pueden superponer información digital sobre el mundo físico, ofrecer traducción en tiempo real con subtítulos en 60 idiomas, proporcionar navegación contextual, reproducir vídeo y música o crear espacios de trabajo mediante pantallas virtuales. El anuncio mezcla funcionalidades ya presentadas con experiencias todavía en desarrollo, pero la ambición es convertir las gafas en una nueva interfaz para acceder a servicios digitales.

La conectividad celular no está integrada directamente en las gafas. Llega a través del nuevo SPECS Charging Case with Cellular, un estuche que proporciona cuatro cargas adicionales y conectividad móvil mediante los operadores participantes. Las gafas cuestan 2.195 dólares americanos y el paquete de Verizon con el estuche celular alcanza los 2.395 dólares. Sus clientes podrán contratar conectividad desde diez dólares mensuales y quienes no sean clientes desde 20 dólares. Orange y EE ofrecerán también planes de datos en Francia y Reino Unido, aunque los precios todavía no se han anunciado.

Hasta aquí, pocas objeciones. Verizon consigue diferenciación, una posible herramienta para captar o retener clientes y otra conexión que puede elevar potencialmente el ingreso medio por cliente (ARPU). Pero esos diez dólares empiezan a parecer menos impresionantes cuando se observa el ecosistema que Snap imagina alrededor del dispositivo. El anuncio incluye entretenimiento, navegación, traducción, compras, productividad y experiencias compartidas de realidad aumentada. Snap trabaja con la NBA y la WNBA en aplicaciones deportivas, Shopify aporta su catálogo para visualizar productos en tres dimensiones y Salesforce, Amazon Web Services (AWS), NVIDIA, Trifork y Hololight aparecen en proyectos empresariales relacionados con retail, fábricas y operaciones de campo.

Por encima de todo ello aparece SPECS Intelligence, un servicio de IA que Snap presenta como anticipatorio. A partir de las aplicaciones y herramientas que el usuario decida conectar, la compañía quiere construir contexto sobre sus objetivos, prioridades, relaciones y rutinas para mostrar información o sugerir acciones sin esperar necesariamente una petición explícita. No sabemos todavía hasta qué punto Snap conseguirá materializar esa visión. El precio es elevado, la disponibilidad inicial será limitada y la computación vestible lleva años prometiendo más de lo que finalmente ha conseguido entregar. Pero para nuestra discusión tampoco necesitamos que SPECS sea el próximo iPhone, ni siquiera que Snap termine siendo el ganador.

Lo relevante es qué ocurriría si las gafas, los dispositivos de IA vestible o cualquier otra forma de computación permanentemente conectada terminan convirtiéndose en una nueva plataforma. Alrededor de ella podrían desarrollarse mercados de IA, comercio, publicidad, contenidos, productividad, pagos y servicios empresariales. Y aquí conviene refrescar la memoria, porque la industria de telecomunicaciones ya vivió una transformación con algunos elementos sorprendentemente parecidos.

Cuando Apple lanzó el iPhone en 2007, AT&T consiguió la exclusiva en Estados Unidos. Tener el dispositivo más deseado proporcionaba una ventaja competitiva real, ayudaba a captar clientes, incrementaba el consumo de datos y aceleraba la transición hacia los planes de datos. Los operadores ganaron con aquella transformación y sería incorrecto contar la historia como si no hubiera sido así. El problema fue que la economía construida dentro del smartphone creció muchísimo más allá del negocio de conectarlo.

Es una parte central de la historia que cuento en El Gran Legado. Los operadores comenzaron aquella transformación con activos extraordinarios: la red, la relación con el cliente, la facturación, la identidad, la distribución y cientos de millones de usuarios. Muchos intentaron construir portales, tiendas y servicios propios, con resultados muy desiguales. Pero fueron Apple y Google quienes consiguieron crear las plataformas globales sobre las que millones de desarrolladores y empresas construyeron sus negocios. Después llegaron las aplicaciones, la publicidad móvil, el streaming, el comercio, las redes sociales, los servicios cloud, los videojuegos y negocios que apenas podían imaginarse cuando apareció el primer iPhone. El operador siguió siendo imprescindible para que todo aquello funcionara, pero ser imprescindible nunca garantizó capturar una parte proporcional del valor generado.

Por eso la exclusiva de Verizon con SPECS puede ser una pequeña victoria y, al mismo tiempo, contener una advertencia. Si esta categoría funciona, aparecerán más dispositivos y fabricantes. Un competidor podrá asociarse con otras gafas, otro subvencionarlas y una conexión que hoy cuesta diez dólares podrá costar ocho mañana o terminar incluida dentro de una tarifa premium. La ventaja de haber conseguido el dispositivo adecuado puede ser importante durante un tiempo, pero difícilmente será estructural. Mientras tanto, cuanto más crezca el ecosistema dentro de las gafas, mayor puede ser la distancia entre el valor de lo que sucede sobre la red y el precio de conectarlo.

Esta vez, sin embargo, existe una diferencia fundamental: tenemos las interfaces de programación de aplicaciones de red (APIs). Iniciativas como Open Gateway pretenden convertir capacidades tradicionalmente encerradas dentro de las redes en servicios que puedan consumir los desarrolladores. El operador que conecta unas SPECS no tendría por qué limitar su monetización a los diez dólares mensuales. Una aplicación podría necesitar autenticar a un usuario utilizando información de la red, verificar una localización, detectar determinadas situaciones relacionadas con fraude o solicitar durante un periodo concreto unas condiciones específicas de calidad. No todas esas capacidades tendrán el mismo valor, pero conceptualmente el cambio es importante ya que algunas propiedades de la red pueden convertirse en componentes de la propia aplicación y generar ingresos adicionales.

En teoría, los diez dólares dejan entonces de ser el final de la monetización y pasan a ser el principio. Pero aparece una segunda paradoja y es que si el negocio consiste simplemente en cobrar cada vez que una aplicación realiza una llamada a una API, podemos terminar construyendo una versión tecnológicamente mucho más sofisticada del negocio que ya conocemos. En lugar de vender gigabytes venderemos verificaciones, autenticaciones, localizaciones o garantías de calidad, pero el operador continuará vendiendo una unidad técnica sobre la que otro construye el servicio que el cliente realmente quiere comprar.

El problema no es la estandarización en sí misma. Sin estándares, este mercado difícilmente podría alcanzar escala porque ningún desarrollador global quiere integrar una capacidad diferente con cada operador. Una API estandarizada tampoco tiene por qué convertirse automáticamente en una commodity ya que puede formar parte de soluciones que incorporen seguridad, analítica, cumplimiento normativo, garantías, integración cloud o conocimiento específico de una industria. El riesgo aparece si el operador se queda únicamente en el nivel de la llamada técnica intercambiable. Entonces aumenta el volumen, aparecen intermediarios y agregadores y comienza la presión sobre el precio de la unidad. Es difícil no ver ahí el fantasma del giga bajo una forma mucho más sofisticada.

Durante las últimas dos décadas los operadores invirtieron enormes cantidades para transportar cada vez más datos. El tráfico explotó y sobre esa infraestructura nacieron algunos de los mayores negocios digitales de la historia, pero los ingresos de los operadores no crecieron en la misma proporción que el valor de los servicios que utilizaban sus redes. Ahora esas redes pueden exponer mediante software identidad, localización, seguridad, calidad y otras capacidades. Es un avance tecnológico enorme, pero todavía no sabemos si supone un cambio equivalente en la posición económica del operador dentro de la cadena de valor.

Y eso nos devuelve a SPECS. Imaginemos que dentro de unos años millones de personas utilizan gafas o dispositivos similares para trabajar, comprar, consumir entretenimiento, hablar con agentes de IA o realizar transacciones. El operador cobraría por conectarlos y, esta vez, podría cobrar también cuando determinadas aplicaciones utilizaran capacidades especiales de su red. Sería más de lo que tenía antes, pero la pregunta importante es si sería suficiente para cambiar el final de la historia.

No tengo la respuesta, y tampoco creo que pueda reducirse a reclamar una comisión sobre cualquier negocio que utilice una red. Que alguien compre un sofá utilizando unas SPECS conectadas a Verizon no significa que Verizon tenga automáticamente derecho a participar en la venta. La cuestión es bastante más difícil: cómo pasar de proporcionar inputs imprescindibles para una nueva economía digital a ocupar dentro de ella una posición que permita capturar una parte relevante del valor creado. Quizá las APIs sean parte de la respuesta, quizá permitan construir servicios y modelos económicos que todavía no estamos viendo, o quizá descubramos que hemos construido una manera extraordinariamente sofisticada de seguir cobrando pequeñas cantidades por unidades técnicas mientras otros las convierten en servicios mucho más valiosos.

SPECS no demuestra que vaya a ocurrir y ni siquiera sabemos si SPECS será importante. Lo que hace es permitirnos observar una situación sorprendentemente familiar justo cuando empieza a formarse, es decir, un nuevo dispositivo promete nuevos comportamientos y servicios, los operadores consiguen conectarlo desde el primer día y alrededor empieza a organizarse un ecosistema de plataformas, IA, aplicaciones, contenidos y comercio que podría terminar siendo muchísimo mayor que el negocio del acceso. Esta vez tenemos más herramientas y puede que eso cambie el final, pero antes de celebrar los diez dólares mensuales de una nueva conexión conviene recordar cómo empezó la última película, porque esa ya sabemos cómo acabó.

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Cuenta con más de 22 años de experiencia cubriendo el sector de las telecomunicaciones para América Latina. El Sr. Junquera ha viajado constantemente alrededor del mundo cubriendo los eventos de mayor relevancia para la industria en América, Europa y Asia. Su experiencia académica incluye un BA en periodismo escrito por la Universidad de Suffolk en Boston, MA, y un Master en Economía Internacional en la misma institución.

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