Starlink frente a fibra y 5G: por qué más capacidad no significa dominar las telecomunicaciones

El salto de Starship y los nuevos satélites cambia la escala del negocio satelital, pero fibra, 5G y cable también seguirán creciendo y pueden llevar a una guerra de precios y márgenes.

Starlink acaba de dar uno de los mayores saltos tecnológicos desde que comenzó a desplegar su constelación. El primer lanzamiento orbital de Starship con 26 satélites V3 no solo introduce una nueva generación de satélites mucho más capaces, sino que cambia potencialmente la velocidad a la que SpaceX puede añadir capacidad a su red. Cada V3 está diseñado para ofrecer 1 Tbps de capacidad de bajada y 160 Gbps de subida, mientras que SpaceX asegura que una Starship plenamente cargada podrá transportar hasta 60 unidades. Sobre el papel, un solo lanzamiento podría añadir alrededor de 60 Tbps de capacidad a la constelación, una cifra suficientemente grande como para alterar de forma significativa la economía de despliegue de Starlink.

Es difícil exagerar la importancia industrial de este salto porque Starlink puede pasar de añadir capacidad mediante decenas de lanzamientos de Falcon 9 a hacerlo a una escala completamente distinta con Starship. Si SpaceX consigue además aumentar la cadencia de lanzamiento y reutilización del vehículo, la velocidad con la que podrá desplegar, renovar y ampliar su infraestructura orbital será difícil de igualar. Hasta ahí, el argumento es sólido. El problema aparece cuando esa capacidad futura se convierte automáticamente en una predicción sobre el mercado de banda ancha y se asume que disponer de más terabits implica, por sí mismo, construir una ventaja competitiva insuperable frente a los operadores tradicionales.

Algunos análisis están proyectando ya una red Starlink con varios petabits por segundo hacia 2030 y comparando esa capacidad con el tráfico de banda ancha de países enteros. A partir de ahí se concluye que Starlink podría servir decenas de millones de hogares y poner en jaque a operadores de fibra, cable y móvil. Esa conclusión puede terminar siendo correcta en algunos mercados, pero parte de una simplificación importante, porque supone implícitamente que SpaceX seguirá evolucionando durante los próximos cuatro años mientras el resto de la industria permanece prácticamente donde está hoy.

Eso no va a ocurrir. Mientras Starlink incrementa la capacidad de sus satélites, los operadores terrestres también están aumentando la suya. AT&T acaba de comprometer más de 3.000 millones de dólares con Corning para continuar su expansión de fibra y mantiene como objetivo superar los 60 millones de ubicaciones cubiertas antes de terminar la década. Verizon también ha firmado un acuerdo multimillonario para asegurar decenas de millones de millas de fibra durante los próximos años, mientras los cableoperadores continúan evolucionando sus redes y las redes móviles seguirán aumentando capacidad mediante más espectro, densificación y nuevas generaciones tecnológicas. Por eso, comparar la capacidad futura de Starlink con las redes actuales produce una imagen incompleta. La verdadera comparación será Starlink 2030 contra fibra 2030, cable 2030 y redes móviles 2030.

Esta diferencia es importante porque el gran logro de V3 consiste en que SpaceX puede producir muchos más bits desde el espacio, pero la historia de las telecomunicaciones demuestra que producir más bits no equivale necesariamente a capturar más valor. Durante décadas, la industria ha multiplicado la capacidad disponible para los usuarios mientras el precio unitario de transportar información se reducía continuamente. Si hacia 2030 existen más redes de fibra, mejores redes de cable, ofertas de acceso fijo sobre 5G y una constelación Starlink con una capacidad varias veces superior a la actual, el resultado puede no ser que una tecnología elimine a las demás, sino que haya todavía más capacidad persiguiendo al mismo cliente.

Ese escenario es especialmente relevante en los mercados maduros. En muchas ciudades y suburbios estadounidenses un hogar puede disponer ya de dos proveedores fijos y una o varias alternativas inalámbricas. Si Starlink aumenta su capacidad hasta poder competir en zonas cada vez más densas, añadirá otra alternativa a ese mercado y podrá ganar clientes, crecer considerablemente y obligar a los operadores terrestres a reaccionar. Sin embargo, eso no significa necesariamente que vaya a sustituirlos. También puede significar que todos los participantes tengan menos poder para fijar precios y que la mayor abundancia de conectividad termine presionando los márgenes de todos, incluido Starlink.

Uno de los mayores avances tecnológicos de Starlink puede terminar agravando uno de los problemas económicos tradicionales de las telecomunicaciones. Cada generación tecnológica consigue transportar más información a menor coste, pero la competencia convierte rápidamente esa mejora de productividad en más capacidad para el usuario por un precio parecido o inferior. Desde esta perspectiva, V3 puede ser una tecnología extraordinaria para SpaceX y, al mismo tiempo, contribuir a deteriorar todavía más el valor económico de la conectividad en mercados donde ya existe una oferta abundante.

A esta dinámica económica se añade una diferencia física entre las redes que tampoco desaparece porque el satélite tenga más capacidad. Starlink necesita mantener una comunicación efectiva entre el terminal y el cielo, algo sencillo en una vivienda aislada, una finca o una pequeña localidad con pocas alternativas, pero más complejo en entornos urbanos densos. En un edificio de diez plantas con veinte departamentos, Starlink puede desarrollar soluciones compartidas, utilizar infraestructura interna o crear arquitecturas distintas de una antena por hogar, pero alguien debe resolver la distribución desde la conexión satelital hasta cada usuario. La fibra, en cambio, entra en el edificio y distribuye grandes cantidades de capacidad a través de una infraestructura diseñada precisamente para entornos de alta densidad.

Esto no significa que una tecnología sea superior en términos absolutos, sino que distintas arquitecturas tienen ventajas diferentes según el entorno. Por eso resulta arriesgado convertir petabits de capacidad agregada en un número de hogares potencialmente sustituibles. Saber cuánta capacidad puede producir una constelación es importante, pero saber dónde puede colocarla, con qué densidad, con qué coste y frente a qué alternativa terrestre resulta mucho más relevante para entender su impacto competitivo real.

Donde la situación parece bastante distinta es dentro del propio mercado satelital. Aquí Starlink sí puede haber abierto una brecha extraordinariamente difícil de cerrar, porque SpaceX no controla solamente la constelación, sino también el diseño y fabricación del satélite, el software, el terminal y, sobre todo, el vehículo que lo pone en órbita. Starship y V3 forman parte de un mismo sistema industrial y esa integración vertical permite a la compañía optimizar simultáneamente la capacidad del satélite, el coste de lanzamiento y la velocidad de renovación de la red.

Esa ventaja es mucho más difícil de replicar para un operador satelital tradicional que debe comprar lanzamientos a terceros, operar con una cadencia menor y amortizar durante años generaciones anteriores de satélites. La diferencia no es únicamente de capacidad, sino de velocidad de innovación, costes de lanzamiento, fabricación y control de toda la cadena tecnológica. Si hay un mercado donde el salto de Starlink permite hablar seriamente de una disrupción profunda, probablemente sea el satelital antes que el de las telecomunicaciones terrestres en su conjunto.

También conviene separar claramente los mercados maduros de los emergentes, porque la posición competitiva de Starlink puede ser muy distinta en unos y otros. En Estados Unidos, buena parte de Europa o algunos mercados asiáticos, Starlink compite contra décadas de infraestructura instalada que además continúa mejorando. La ventaja de desplegar desde el espacio se enfrenta allí a una oferta terrestre cada vez más abundante y a redes que ya han amortizado buena parte de sus inversiones.

En muchos mercados emergentes, sin embargo, la ecuación es diferente. Allí no siempre existe una red de fibra que vaya a llegar al hogar en los próximos dos años ni una red móvil con capacidad suficiente para ofrecer banda ancha fija de calidad. Los ciclos de inversión son más lentos, el coste del capital puede ser mayor y desplegar infraestructura física puede tardar años. En ese contexto, Starlink puede comprimir radicalmente los tiempos de despliegue porque un operador terrestre necesita permisos, obra civil, fibra, torres, energía, espectro y una cadena de inversiones locales, mientras SpaceX puede aumentar capacidad sobre un país mediante infraestructura desplegada en órbita.

Esa diferencia puede darle una ventaja mucho mayor allí donde las alternativas terrestres todavía no existen o evolucionan lentamente, aunque tampoco en estos mercados haya una victoria garantizada. El precio del servicio, el coste de los terminales, el poder adquisitivo, la regulación y la distribución local siguen siendo factores relevantes. La diferencia es que la propuesta de valor de Starlink cambia mucho más cuando la alternativa es esperar años a que llegue una red terrestre que cuando el cliente ya puede elegir entre dos fibras, un cableoperador y una oferta inalámbrica.

Visto así, Starlink puede estar construyendo tres posiciones competitivas muy diferentes al mismo tiempo. Frente a la industria satelital tradicional puede disponer de una ventaja industrial difícil de replicar. En los mercados maduros puede convertirse en otro gran productor de capacidad y aumentar todavía más la presión competitiva sobre precios y márgenes. En los mercados emergentes puede aprovechar una ventaja que ninguna red terrestre puede eliminar fácilmente, que es la velocidad con la que puede extender cobertura sobre territorios donde todavía falta infraestructura.

Queda además una pregunta que quizá sea más importante de lo que parece. Si SpaceX consigue desplegar una red con una capacidad de varios petabits por segundo, no está claro que su ambición final consista simplemente en vender conexiones residenciales. Starlink ya está presente en aviación, marítimo, movilidad y servicios empresariales, mientras la conectividad directa con dispositivos abre otro frente completamente distinto. También puede convertirse en backhaul para operadores, conectar infraestructura remota o servir como plataforma para servicios que hoy todavía representan una parte pequeña del negocio.

Cuanta más capacidad construya SpaceX, mayor será también la necesidad de encontrar formas de monetizarla. Si Starlink, las redes de fibra, el cable y las redes móviles consiguen producir cantidades enormes de conectividad a costes cada vez menores, la consecuencia puede no ser que Starlink se quede con todo el mercado, sino que la conectividad se convierta todavía más rápidamente en un recurso abundante y que el verdadero valor termine desplazándose hacia los servicios construidos encima de ella.

Starship y V3 cambian radicalmente la escala de Starlink y obligan a toda la industria a prestar atención, pero todavía no permiten concluir que SpaceX haya encontrado una arquitectura capaz de dejar fuera de juego a todas las demás redes de telecomunicaciones. La pregunta para 2030 no será únicamente cuántos terabits puede poner Starlink en el cielo, sino cuántos terabits estarán produciendo todos los demás, dónde estarán disponibles y cuánto estará dispuesto a pagar un cliente cuando tenga varias redes compitiendo por conectarlo. Esa carrera puede tener una consecuencia bastante distinta a la que algunos anticipan: no necesariamente que Starlink gane, sino que la conectividad valga cada vez menos para todos los que la venden.

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Cuenta con más de 22 años de experiencia cubriendo el sector de las telecomunicaciones para América Latina. El Sr. Junquera ha viajado constantemente alrededor del mundo cubriendo los eventos de mayor relevancia para la industria en América, Europa y Asia. Su experiencia académica incluye un BA en periodismo escrito por la Universidad de Suffolk en Boston, MA, y un Master en Economía Internacional en la misma institución.

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