Parece que he empezado 2026 con los cables cruzados. O, al menos, con interferencias persistentes en mi forma de pensar sobre el sector de las telecomunicaciones. Me descubro a mí mismo más polarizado, incluso algo extremo en algunas conclusiones, y no puedo descartar que sea el resultado de años dejándome llevar por inercias que damos por normales. Durante mucho tiempo, aun viendo encenderse luces de alerta en el tablero de mandos, he optado por silenciarlas para que no molesten y seguir adelante, en lugar de atender la urgencia que señalaban.
Este año quiero hacer justo lo contrario. Quiero dejar de tratar únicamente los síntomas y empezar a mirar de frente la enfermedad. Puede que me equivoque. Seguiré informando, como siempre, pero la intención ya no es solo contar lo que ocurre, sino intentar, con calma y sin estridencias, que el sector piense. Que piense distinto. Aunque sea poco a poco.
Y esa sensación no surge de la nada. Surge al observar cómo, durante casi una década, la industria ha demostrado una capacidad técnica incuestionable para diseñar y desplegar redes cada vez más sofisticadas —de hecho creo que los ingenieros del sector son auténticos magos tecnológicos—. El paso de 4G a 5G y, más recientemente, a 5G Standalone (SA), es una prueba clara de ello: arquitecturas más eficientes, mayor flexibilidad operativa y un grado de estandarización que permite que dispositivos y redes funcionen de forma coordinada a escala global. Desde un punto de vista estrictamente ingenieril, el progreso es real y merece reconocimiento. Sin embargo, ese avance convive con una evidencia cada vez más difícil de ignorar y no es otra que el mercado no parece especialmente interesado.
Los datos ayudan a entender por qué. Aunque el número de redes 5G SA, dispositivos compatibles y suscripciones sigue creciendo, el impacto económico para los operadores es limitado. En muchos mercados desarrollados, el ingreso medio por usuario permanece plano o a la baja, el valor bursátil de los grandes grupos no refleja una expectativa clara de crecimiento asociada a esta arquitectura y, en el segmento de consumo, 5G SA se ha integrado en las tarifas casi de forma silenciosa, sin prima evidente ni relato diferenciador. Cuando una tecnología se incluye sin ruido, sin precio adicional y a veces incluso sin que el usuario se entere, suele ser una señal de que su valor es difícil de explicar o, más preocupante aún, difícil de percibir.
En el ámbito empresarial, donde se concentraba buena parte de la promesa, el panorama tampoco ofrece una respuesta concluyente. Existen casos de uso, pilotos y despliegues reales en sectores como la industria, los puertos o las redes privadas, y sería injusto negar que hay actividad. El problema no es la ausencia de movimiento, sino su escala y su repetibilidad. No se observa todavía un flujo sostenido de nuevos ingresos capaz de compensar la complejidad añadida de la red ni el volumen de inversión acumulado. La tecnología habilita capacidades, pero el mercado no responde con la urgencia ni con la magnitud que permitirían hablar de una transformación estructural del negocio.
Parte de la dificultad reside en que el valor de 5G SA resulta abstracto fuera del perímetro técnico. Menor latencia, network slicing o arquitecturas cloud native son conceptos relevantes para ingenieros y arquitectos de red, pero encajan mal en la lógica de decisión de clientes finales y empresas, y sobre todo en la cadena digital donde hoy se concentran los servicios y las aplicaciones. A diferencia de la nube, que se integró de forma casi natural como capa habilitadora para desarrolladores y negocios digitales, 5G SA sigue sin encontrar un encaje claro y natural en ese ecosistema. No basta con que la red sea más capaz; debe ser comprensible, integrable y accionable allí donde hoy se crea valor.
Aquí aparece una paradoja que el sector lleva años arrastrando y es que las telecomunicaciones son extraordinariamente buenas construyendo infraestructuras que funcionan, pero mucho menos eficaces convirtiendo esas infraestructuras en valor percibido por el mercado. Ante esa dificultad, la respuesta histórica ha sido recurrir a una lógica recurrente como es añadir una nueva capa tecnológica, convencidos de que siempre falta medio paso adicional. Ocurrió con 4G, se repitió con 5G y ahora se proyecta sobre 5G SA. Sin embargo, tras casi diez años de evolución, empieza a quedar claro que el cuello de botella no está en la red.
Lo más llamativo es que ni siquiera esta constatación ha provocado un abandono real de la zona de confort del sector. Se reconoce que la monetización es limitada, se admite que los casos de uso avanzan despacio, pero se sigue confiando en que la siguiente iteración tecnológica acabará resolviendo el problema. Mientras tanto, la complejidad aumenta, las inversiones se acumulan y la distancia entre excelencia técnica y creación de valor económico no se reduce ni medio centímetro.
Si esta dinámica se prolonga, las consecuencias no se limitan a los resultados financieros de los operadores. La coordinación global, la estandarización y la interoperabilidad que el sector suele exhibir como un logro colectivo no son un fin en sí mismo, sino un subproducto de algo más básico como es la expectativa de valor compartido. Cuando esa expectativa se debilita, la tentación de fragmentar, de construir soluciones más cerradas o de optimizar de forma local deja de ser una anomalía para convertirse en una reacción racional. No porque la cooperación deje de ser deseable, sino porque deja de ser sostenible. Todo el mundo acabará entrando, tarde o temprano, en modo “sálvase quien pueda”.
Seguir estirando el chicle tecnológico sin resolver la cuestión de la monetización no conduce a un colapso inmediato, pero sí a una degradación progresiva del ecosistema. Se degrada el valor de los operadores, se limita su capacidad de inversión y se erosiona el incentivo para sostener arquitecturas comunes. El mérito técnico seguirá existiendo, pero cada vez será más difícil de financiar y de justificar en un contexto donde el mercado no responde.
Quizá el problema de fondo es que el ecosistema nunca ha tenido de verdad esta discusión. No porque faltaran señales, sino porque afrontarla habría implicado cuestionar estructuras, equilibrios y consensos que hoy no parece haber voluntad de sacrificar. Durante años, la cohesión global del sector se ha presentado como un valor incuestionable, y lo ha sido en términos de interoperabilidad, escala e innovación técnica. Pero esa misma cohesión también ha actuado como un amortiguador del riesgo, conteniendo cualquier desviación que pudiera poner en peligro el marco común, incluso cuando hacerlo suponía limitar la capacidad de capturar valor.
El resultado es una innovación que mantiene al sector unido y funcionando, pero que no necesariamente lo hace más rentable. Puede que haya llegado el momento de plantear, sin dramatismos, si seguir avanzando únicamente bajo una cohesión mundial estricta es compatible con la sostenibilidad económica del sector, o si asumir ciertos grados de divergencia —y el riesgo que conllevan— es el precio inevitable para desbloquear modelos de valor que hasta ahora no han podido emerger.
Freddy
Excelentes comentarios. Efectivamente, las ofertas solo son verdaderas ofertas si un cliente lo percibe como tal. Hasta el momento, la sofistificación técnica no se traduce en ingresos.
Rafael A. Junquera
Hola Freddy, es que el sector parece anclado en resolver problemas técnicos, algo que hace muy bien, pero en algún punto debe haber visión de negocio, sino esto va a acabar mal.
José Miguel Guzmán
Muy buena reflexión Rafa.
¿A que tipo de divergencias te refieres?
Rafael A. Junquera
Hola José, creo que ya te lo comente por Linkedin. Un abrazo! Y gracias por comentar.